La arena quema. La gente cuelga ligeras telas estampadas de las sombrillas, extiende toallas de vivos colores a la orilla del mar. Relucen los cuerpos untados de aceites y cremas. El murmullo de las voces se confunde con el clamor cadencioso de las olas, que rompen entre los cuerpos dispersos de los bañistas.
En lo alto de su torre, el joven salvavidas contempla inmóvil el horizonte.
Algunos pájaros atrevidos se posan en la arena, picoteando invisibles restos de comida.
Un hombre vestido de blanco, la oscura tez protegida por una gorra también blanca, arrastra los pies sobre la arena caliente, mientras sostiene una pequeña bandeja entre las manos. Se inclina parsimonioso ante los cuerpos tendidos, ofreciendo su mercancía. Con calculada frecuencia se dirige hacia los postes de las duchas que se elevan a lo largo de la playa. Después regresa con las porciones de coco humedecidas. Pedazos de coco blanco con su corteza oscura. El hombre de tez oscura con su uniforme blanco.
El sencillo ritual prosigue sin descanso bajo el ardiente sol de mediodía, frente a la franja azul del mar, donde las olas repiten incansables su monótono vaivén.
La playa.
Va y viene de la fuente
el vendedor de coco.





