lunes, 18 de noviembre de 2019

PRESENTACIÓN EN BARCELONA





El pasado día 15 presenté mi libro Don de la noche en la librería ALIBRI de Barcelona. Entre el público figuraban amigos, conocidos, y algún poeta inesperado, como Agustín Pérez Leal, lo cual me sorprendió y alegró. Estuve muy bien acompañada en la presentación por los poetas Alejandro Duque Amusco y Daniel Fernández Rodríguez, quienes fueron breves y muy claros en sus intervenciones, de modo que tuve tiempo para hacer una lectura relajada de algunos poemas del libro, así como de otros inéditos y de una mínima selección de haikus. Entre el público también tuve la suerte de contar con la presencia del poeta José Antonio Fernández Sánchez, quien tuvo el detalle de desplazarse desde su ciudad hasta Barcelona. Algo que le agradezco. La lectura transcurrió en un ambiente apacible y cordial. 



Copio el poema dedicado al poeta José Luis Parra, fallecido en 2012:

CHAQUETA
                        A José Luis Parra, in memoriam

Esa chaqueta tuya,
manchada por el vino de tus noches,
por los versos escritos
en breves servilletas arrugadas,
tejida por las manos
que te amaron,
ese cálido escudo
que ceñía tu blando corazón,
aún te sobrevive
con sus viejas arrugas, delicada
reliquia de tu cuerpo, enamorada piel
donde mis dedos buscan
el calor escondido de tu abrazo.

Doy gracias a todos los asistentes por dedicarme su tiempo y su atención. También a la librería Alibri que gestionó el acto magníficamente.



(fotografías: Gabriel Alonso y José Antonio Fernández Sánchez)


miércoles, 13 de noviembre de 2019

POEMA







LLEGÓ

Llegó la lluvia,
leve como un suspiro,
a bendecir las ramas
del árbol descubierto
sobre la acera.

Me asomo a contemplar
sus incipientes hojas,
su joven esqueleto.

Vuelve a brotar la vida
alumbrando la estéril
corteza del asfalto.

Puedo sentir su savia
recorriendo la esbelta
estatura del tronco,
gorjeando en los brotes
recién nacidos.





(fotografía: Susana Benet)




sábado, 9 de noviembre de 2019

HAIKU








Me están mirando
los ojos de mi madre.
Flores azules. 








(fotografía: Susana Benet)



miércoles, 6 de noviembre de 2019

PROSA





MUERTE DE UN PÁJARO

Creí que los pájaros no se morían nunca, como lo hacen los perros, los gatos, las personas. Ellos están siempre ahí, moviéndose en sus jaulas, ágiles y entretenidos picoteando hojas. Los veo cruzar el cielo,  posarse en cualquier rama o dar saltitos por el suelo. Es difícil no verlos si me asomo a las ventanas y aunque sé que no son siempre los mismos, parecen renovarse como las hojas de un árbol. Si alguna vez he visto alguno inmóvil sobre el suelo, he apartado la mirada, sin querer comprobar si estaba muerto. He pasado deprisa por su lado.

Estos días se ha producido un caos en la casa. Uno de mis periquitos está enfermo, apenas come y oculta su cabeza entre las plumas. Permanece inmóvil, igual que una persona que soporta en silencio su dolor. Lo contemplo aterrada. No es la imagen de siempre. Su compañero lo observa como yo y, con sumo cuidado, picotea suavemente su cabeza y le lanza un breve parloteo. En otros momentos  se impacienta y eleva la voz como queriendo espabilar, con gritos estridentes, al enfermo.  A veces consigue que el otro reaccione unos segundos antes de volver a ensimismarse.

Ayer fui al veterinario. No saben si se trata de algo grave, si habrá recuperación. Tuve que dejar al periquito en una pequeña incubadora transparente.

Hoy sé que ya no vive. No superó su mal. Me lo entregaron en una pequeña caja de cartón, envuelto en un pañuelo de papel. Me cuesta enfrentarme a la muerte de un pájaro. Si en vida nos parecen lejanos, tan leves y enigmáticos, como seres de otra dimensión, cuando están muertos todavía resultan más extraños.

No me atrevía a descubrir su cuerpo, tardé unos segundos en decidirme. Cuando aparté el papel, observé que el color de sus plumas seguía intacto, con el mismo brillo que tuvo en vida. Miré sus patas rígidas y percibí el blando contacto de su cabeza contra mi mano.  Su muerte, aunque cierta, me pareció irreal. Lo enterré al pie de la buganvilla donde están despuntando flores nuevas. Me costó aceptar su muerte. Nunca pensé que aquel cuerpo tan ligero pudiese cargar con tan gran peso.

(5-11-19)


(fotografía: Susana Benet)


domingo, 3 de noviembre de 2019

HAIKU








Noche de insomnio.
El perro del pastor
ladra que ladra.








(fotografía: Susana Benet)


jueves, 31 de octubre de 2019

HAIKU








No se conocen.
Barriendo el peluquero
junta sus pelos.











(de: La enredadera - Edit. Renacimiento, 2015)
(fotografía: Susana Benet)




domingo, 27 de octubre de 2019

VIAJE AL NORTE







VIAJE AL NORTE

Viajando hacia el norte, el sol inunda la ventanilla del tren. De pronto, un túnel. Al salir de la oscuridad, el sol destella en los verdes arbustos, en las paredes que se elevan a cada lado de la vía. Entramos en la estación de Segovia. Gente sentada en los bancos del andén, viajeros que arrastran sus maletas con prisa. Sobre las rocas, la sombra de un pájaro que desciende y desaparece. Al reanudar la marcha, el verdor de la tierra cubierta por islotes de flores amarillas. Nos internamos en otro túnel, apenas un minuto y, de nuevo, suaves colinas que se repiten hacia el horizonte, cruzadas por sendas de tierra casi blanca. Sobre el cielo azul y despejado, una nubecita solitaria, como una ligera pincelada horizontal.

Los bosquecillos de pino irrumpen de repente y pasan deprisa.

Saco mis gafas de sol para hojear un periódico. Por los auriculares escucho una preciosa aria de “La traviata” en la que el tenor recita “Io vivo quasi in ciel” y se me llenan los ojos de lágrimas. Hay músicas que nos invaden como corrientes internas., arrastrando viejas emociones como pétalos perfumados que anegan los sentidos.

Conforme nos vamos aproximando al norte, mis pulmones se ensanchan, respiro mejor, como si me librase de un peso. Aquí el aire es diáfano, la luz parece más nítida, el frescor de la tierra hace crecer la hierba verde y tupida. Curiosamente, la pierna dejó de dolerme desde que llegamos a Madrid. Tampoco siento ninguna presión en el ojo derecho, como la sentí en Valencia antes del viaje.

Esta mañana hemos paseado por Recoletos, rodeados por altos árboles de distintas especies: prunos, cedros, castaños, álamos, incluso olivos que mostraban sus diminutas flores pálidas. Madrid es una ciudad llena de jardines en cada rincón, junto a los museos, en las isletas y rotondas del asfalto. Al mirar a lo lejos se puede contemplar una vasta extensión de copas de distintos verdes, rebosantes de hojas, creciendo libremente, sin que nadie venga a esculpirlas con las tijeras de podar, convirtiéndolas en cursis figuras ornamentales.

Cruzamos un río pequeño, en cuyas aguas se reflejan las copas oscuras de los árboles que crecen en la orilla. Y, de pronto, en la llanura, una roja extensión de amapolas que parecen seguir nuestro camino.

A lo lejos se elevan las colinas, hasta convertirse en ondulantes montañas sobre las que se agolpan las nubes bajas.

Cerca discurre una carretera por la que avanza un coche solitario y, de pronto, el color malva de unos campos en flor (tal vez, espliego).

Las nubes van cubriendo el cielo, densas y oscuras. Apenas asoma el azul entre las masas grises. También el verde de los prados se oscurece. El sol que ocultan las nubes, ilumina a lo lejos una ladera.

Sólo un arbusto blanco, cuajado de flores interrumpe la monotonía del gris que desciende hacia la tierra. Abre sus ramas como los rayos de una estrella, pequeño y solitario entre las sombras del atardecer.

Las montañas están cada vez más cerca, como enormes figuras que invitan al reposo.

Súbitamente aparece un cerro con sus paredes verticales, como si lo hubieran cortado con un hacha. Forma parte de una larga cadena de cerros que descienden por debajo del nivel de las vías, hacia un estrecho valle donde la tierra es roja y se distinguen pequeños tejados cobrizos entre los árboles.

Y, de nuevo, la llanura, bajo la oscura muralla de las nubes.

Cada vez está más presente el norte: rosales en pequeños huertos, cenefas de flores claras bajo el color plomizo del cielo.

Anocheciendo,
sólo refleja el charco
las flores blancas.

Qué bien reposan
mis ojos en la niebla.
Bosques umbríos.

Llegando a Donostia, la niebla se espesa sobre los montes, al fondo de los valles, en los tupidos bosques que atravesamos. Todavía no llueve. Al pasar junto a un grupo de casas, una columna de humo se eleva densa entre la bruma que cubre los tejados.

Es difícil escribir en el tren, pero el paisaje me invita a hacerlo y a contemplarlo continuamente. Esta oscuridad me reconforta, alivia mis ojos que tanto padecen con el sol.

Comienza a llover y las gotas se deslizan oblicuamente por el cristal de mi ventana. El tren pasa junto a un parque de atracciones en una pequeña población. Las luces estridentes de la feria brillan con fuerza en medio de la oscuridad que se va cerniendo sobre el aire.

Brillan las luces
del parque de atracciones.
Pueblo en la niebla.

(2015)



(Fotografía: Susana Benet)