jueves, 2 de abril de 2020

HAIKU







Aquella rama
que corté del naranjo,
aún perfuma.







(fotografía: Susana Benet)



miércoles, 1 de abril de 2020

RESEÑA





Esta reseña que publica la revista ANÁFORA en su número 19 y que saldrá en papel próximamente, la firma el poeta Daniel Fernández Rodríguez. Desde aquí, mi agradecimiento.



Don de la noche
Susana Benet
Pre-Textos, Valencia, 2018

            A Susana Benet se la reconoce como una de las maestras del haiku. En efecto, basta con recordar el siguiente: «Un niño juega / a enterrar a su padre. / Día de playa». Bajo la apariencia de un amable retrato veraniego, se esconde nada menos que el devenir irreparable de la vida: todo encerrado en las diecisiete sílabas preceptivas de esta estrofa de raigambre japonesa cultivada por Benet en varios libros, por ejemplo La enredadera, antología que es ya un clásico imprescindible del género, hoy tan en boga.

            Don de la noche no es un libro de haikus, pero sin duda una de sus muchas cualidades estriba justamente en aplicar con brillantez la lección fundamental de dicha tradición: me refiero al estupendo maridaje entre emoción, reposo y brevedad, una de las señas de identidad de la autora. Susana Benet nos regala en Don de la noche una fascinante colección de breves piezas poéticas, estampas de una vida cotidiana que se plasma con serenidad, sin excesos ni alharacas, en busca de la complicidad del lector. Lejos del tono engolado o alambicado que tanto abunda por ahí, Benet colorea poemas cercanos y amables, escritos para ser degustados con calma y recogimiento, como quien contempla un atardecer o escucha un arroyo. Sus versos nos permiten asomarnos al más hondo sentir del yo lírico y compartir su emoción al saberse parte del pequeño mundo que lo rodea, un mundo poblado de plantas y flores, gatos y terrazas, pájaros y vientos. Guiado de la mano de Benet, el lector va encontrando en todos estos seres a sus propios confidentes y compañeros, a los que tanto se necesita en esta vida presurosa.

            Acaso uno de los muchos dones de este libro sea la minuciosa descripción de la relación con la naturaleza, que nos brinda algunos de los más hondos poemas del libro, como Mediodía, rematado con unos versos que captan y condensan a la perfección la incertidumbre que todos hemos sentido alguna vez ante un paisaje, ante el futuro o simplemente ante la vida: «Y tú, que todo lo contemplas / y lo escuchas / erguido en tu silencio, / te empapas poco a poco de abandono / y tiendes tus sentidos hacia el amplio / paisaje que prosigue más allá / del reducido espacio de tu sombra». Justamente del paisaje que rodea al yo lírico y que poco a poco va envolviendo al lector emanan muchas de las poesías, como de hecho se hace explícito en Poema: «Aunque quería / no podía escribir / ese poema. / Pero al mirar / en mi balcón la rosa, / estaba escrito».

            Otro de los dones de este libro tiene que ver, me parece, con la capacidad para tratar el paso del tiempo, la muerte o el peso de una ausencia querida sin caer en sentimentalismos ni aspavientos, sino mediante la observación tranquila de escenas cotidianas, como ocurre por ejemplo cuando se nos describe la chaqueta que ha sobrevivido a su portador, el polvo omnipresente de una casa abandonada o el asfalto nocturno mojado por la lluvia. Así, Despacio recrea de un modo muy original uno de los tópicos más recurrentes en la poesía de siempre, el de que el tiempo huye sin remedio: «Despacio, muy despacio / voy abriendo los ojos a la tenue / claridad de la tarde. Junto a mí, / el gato permanece silencioso / aguardando la lenta / caricia de mi mano, / mi mano que envejece igual que él, / despacio, muy despacio». Es este, por cierto, uno de los muchos poemas donde aparece un gato (en otro, lo vemos agazapado junto al yo lírico, a la espera de cazar alguna palabra al vuelo), y con él llegamos al último de los dones poéticos que quisiera mencionar aquí. Me refiero al talento de Susana Benet para retratar la vida cotidiana y las pequeñas cosas que nos rodean, que es, en mi opinión, uno de los logros más difíciles de encontrar en poesía. Apenas un rayo de sol o el viento en la ventana: todo lo que necesita un buen libro.  

                                                                       Daniel Fernández Rodríguez



(fotografía: Gabriel Alonso)


jueves, 26 de marzo de 2020

POEMA









AHORA

Ahora que no somos
los dueños de la calle,
confinados en casas y oficinas
por un temor
que nos transforma a todos
en súbita amenaza,
son ellas, las criaturas
aladas, las que vuelan libremente,
o descienden confiadas,
huéspedes del asfalto.

Y hasta las ramas
frondosas de los árboles
parecen adueñarse del espacio
para sanar el aire
con el aliento fértil de sus flores.

* * *

(fotografía: Susana Benet)



lunes, 23 de marzo de 2020

POEMA de JOSÉ LUIS PARRA (1944-2012)







DÍAS DE ABRIL DE 1997 

Apenas estrenada, esplendorosa,
la mañana, y ya ha terminado el día.

Hierve el café del desayuno,
se hunde en la taza el sol poniente
y acaba la película de la televisión.

Por ventilar el cuarto
y la cama aún revuelta,
te acuestas y duermes recién despierto.

Oferta espantosa de primavera,
con todo el azahar podrido y días
de saldo amontonados, desvaídos,
arrumbados mucho antes de iniciarse
en el gran almacén de la memoria.


* * *



(de: Los dones suficientes - Edit. Pre-Textos. Valencia, 2000)
(fotografía: Susana Benet)




viernes, 20 de marzo de 2020

HAIKU







Cautiva en casa
confundo día y noche.
Siempre es domingo.






(fotografía: Susana Benet)





martes, 17 de marzo de 2020

HAIKU









Confinamiento.
Sólo lluvia en las calles.
Ningún paraguas.






(fotografía: Susana Benet)





domingo, 15 de marzo de 2020

COMENTARIO






SAM EN CASA

Desde el 28 de febrero tenemos un nuevo miembro en la familia. Sam es un perro pequeño, de hocico alargado y orejas afiladas. Es negro, de patas cortas que le permiten saltar a mucha altura si le ofreces una chuchería (una sencilla loncha de pavo). La primera noche extrañó la casa (éramos unos desconocidos para él) y lloriqueó a ratos, a pesar de dormir sobre nuestra cama, algo que le permitimos como lo hicimos con nuestros gatos, aunque también es cierto que extremamos la higiene y le limpiamos las patitas en cuanto sube de la calle.

Nuestra vida ha cambiado desde su llegada. Salimos varias veces a pasearlo, al menos tres veces al día, lo que nos ayuda a sacudirnos la pereza. Jugamos a lanzarle sus juguetes para que corra tras ellos y los atrape. Lo estamos acostumbrando a que se quede solo en casa, algo que llevó mal el primer día (desde el portal lo oía aullar). Pero tenía que dejarlo solo algunos minutos, y me iba angustiada al saber que estaba sufriendo. Es un perrito abandonado (lo dejaron de cachorro en una acequia, una muestra de la barbarie humana), que ha pasado por dos hogares. En el segundo de ellos tuvo que compartir espacio con otros perros abandonados, de modo que recibió una atención limitada. Los primeros días fueron complicados para ambos, pues oía sus quejas cada vez que me ausentaba por pocos minutos.

Todo esto no tiene nada de particular, pues les sucede a muchas personas que adoptan perros. Lo que nos llama la atención es algo difícil de definir o que podríamos llamar “presentimiento”. Antes estaba más inquieto, pero justo desde que firmé los papeles de adopción, cambió su conducta. Al día siguiente salí a comprar durante quince minutos, y no lo oí llorar. Desde esa misma fecha parece asumir  que esta es “oficialmente” su casa. Como si hubiera tenido acceso virtual a los papeles. Y no sólo observamos este cambio, sino que desde que se ha decretado el estado de “alarma”, Sam se ha vuelto más casero, como si entendiese los mensajes de la tele. Ahora no le apetece salir a pasear y nos cuesta hacerlo bajar por la escalera (no usamos el ascensor por si algún vecino piensa que el perro contamina). Como un buen ciudadano evita estar mucho tiempo en la calle. Hace sus necesidades que limpiamos escrupulosamente (no como otros que nos dejan "regalos" sobre acera), y al momento tira de la correa para regresar a casa. Tal vez husmee que el ambiente ha cambiado. Este silencio repentino lo debe desconcertar, como nos inquieta a nosotros. Las aceras desiertas, la falta de tráfico, el cuidado con el que nos evitamos unos a otros, la gente enmascarada…


Igual que algunos animales presienten la cercanía de un terremoto, nuestro pequeño Sam percibe que el ambiente ha cambiado, que la fiesta terminó (y, por fin, cesaron los petardos para su alivio y el nuestro), y actúa de forma solidaria, como si comprendiera que lo que nos toca ahora es resistir ante el peligro. Y nos da una lección de prudencia y serenidad.



(Fotografía: Susana Benet)