miércoles, 20 de julio de 2016

VIAJE A ESCOCIA


EDIMBURGO





He vuelto a Edimburgo al cabo de más de treinta años, pero la ciudad apenas ha cambiado, sigue siendo como la ilustración de un cuento de misterio, con sus frondosos jardines junto a Princes Street coronados por sobrios edificios de torres afiladas, oscurecidos por el humo del tiempo y envueltos por un velo de bruma. Y sobre este paisaje que parece dormitar bajo una lluvia leve, el perfil del castillo como una figura fantasmal venida del pasado. He vuelto a recorrer las sendas entre enormes arbustos de rododendros en flor para ascender al casco antiguo a lo largo del Mound, no sin antes visitar la Scottish National Gallery, un edificio clásico que destaca en medio de la frondosa vegetación, donde he podido admirar obras de pintores universales como Rembrant o Velázquez.






Después, ya en la parte antigua, ascendiendo por Cockburn St, desemboco en High Street, una larga y populosa calle desde la que se divisa, en la distancia, una línea de mar. Allí, ante la catedral de St. Giles, unos recién casados posan junto a un gran número de familiares y amigos. Algunos de los hombres van ataviados con elegantes faldas escocesas. Me detengo a contemplar al singular grupo, frente al cual disparan sus cámaras otros turistas, igual que yo.





He venido a Escocia huyendo del verano en las costas mediterráneas para sumergirme en la frescura de la lluvia y de la vegetación densa, jugosa, acogedora. Aquí, a pesar de ser junio, la temperatura es otoñal y llueve a menudo, con una lluvia tan benigna que apenas moja mis zapatos. También, algunos días, el sol atraviesa la capa de nubes que ensombrece la ciudad. Esta ciudad que parece distinta con la luz solar, algo que la gente aprovecha para abarrotar las terrazas de los bares en Rose St.




Pero Edimburgo me resulta más auténtica y bella en la penumbra, donde parece emerger como el escenario de un mito o de una leyenda. Incluso la estación de ferrocarril, en el fondo casi invisible de los jardines, no rompe la armonía de las suaves lomas verdes y las redondeadas copas de sus árboles. En tiempos pasados, el humo de las locomotoras tiñó de hollín los edificios próximos, pero el verdor del entorno permanece inmaculado.






Hace más de treinta años paseé por aquí como una estudiante extranjera que desea mejorar su inglés, en compañía de compañeros venidos de otros países europeos o de lugares tan lejanos como Japón. Recuerdo a Yoko, la estudiante japonesa de ademanes delicados y perpetua sonrisa, con quien mantuve correspondencia durante algún tiempo. Y tantas otras personas que, como los parajes descubiertos en una ciudad extraña, permanecen grabados en el recuerdo de manera sorprendente.





Sentada en un pequeño quiosco donde sirven fish and chips observo a los pájaros que, libres de amenazas, se aproximan a las mesas en busca de unas migajas. Palomas y gaviotas que rodean mi mesa a prudente distancia y que, de pronto, vuelan ligeras,  en un torbellino de alas de distintos colores, hacia la mano que, generosa, les ofrece comida. Y vuelvo a escuchar el graznido estridente de la gaviota que alerta a las demás, para después regresar  y detenerse discretamente a mis espaldas. He venido hasta este rincón de Europa, mi amado continente, para recobrar aquella sensación de irrealidad que me asaltó hace años, al descubrir el embrujo de una ciudad donde  piedra, vegetación y pájaros conviven en perfecta armonía.




En la ventana del hotel, sobre una amplia repisa, alguien ha colocado macetas con orquídeas en flor de varios tamaños y colores. Al mirar hacia la calle, hacia las fachadas georgianas de Coats Gardens, mis ojos tropiezan con ese jardín interior que me acompaña en los desayunos. El salón está enmoquetado con una mullida alfombra de cuadros escoceses que parece absorber el sonido de las cuberterías. El día de mi regreso me atreví a preguntar sobre las plantas y conocí a la jardinera, una recepcionista del hotel que me habló de las propiedades benéficas de una planta que ella también cultiva: el kalanchoe, con el jugo de la cual su hija se curó de una dolencia pulmonar. Amablemente me ofrece los hijuelos de la planta, unos pequeños vástagos que asoman minúsculos sobre la tierra. Ahora, en casa, los contemplo crecer día a día, como si hubiera trasplantado a mi terraza una ínfima porción de aquel mundo mágico.








(fotografías : Susana Benet)




4 comentarios:

  1. Leyendo tu entrada he revivido mi viaje de hace unos pocos años. Una maravillosa ciudad, sobre todo para aquellos que nos sentimos más atlánticos que mediterráneos.

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  2. Dan ganas de hacer rápidamente la maleta...

    Un abrazo Susana.

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  3. ES muy tentador, ¿verdad? Inolvidable... Besos

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