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viernes, 27 de mayo de 2016

LOS MAGRANA






Ya está publicado nuestro tebeo: Los Magrana. Un trabajo que hemos realizado a medias Gabriel Alonso y yo, con la colaboración de Manel Granell. El ejemplar contiene noventa historietas sobre una familia algo friqui, aunque corriente. ¿Qué familia no lo es? Se puede visitar en:
http://tebeonuevo.blogspot.com.es/
Y si te interesa un ejemplar en papel, podrás encontrarlo este fin de semana en Russafart.


Aquí tienes la tarjeta del estudio de Gabriel Alonso con dirección y horarios.
¡Te esperamos!

  

jueves, 16 de febrero de 2012

RELATO



EL ALMUERZO
Acabo de presenciar un hecho insólito desde el vigésimo piso del edificio donde se ubica mi angosto despacho de investigador. Asomado a la ventana observo a un anciano sentado en un banco solitario, entre la maraña de setos que crecen descuidados junto a la rampa del garaje. Es la hora del almuerzo. El mío consiste en un trago de coñac. Todo está en calma. Algunos transeúntes circulan como breves insectos sobre el asfalto.  Súbitamente observo un animal que avanza reptando entre los setos. Es un lagarto enorme. Lo veo deslizarse ligero hacia el anciano. Después, de un solo bocado, el  reptil engulle al viejo. Lo último que veo son las zapatillas grises agitándose hacia el fondo de la flexible garganta. Contengo un grito. Mis manos se crispan sobre el cristal. Allá abajo el reptil, con el cuerpo dilatado, se interna  furtivo en la oscura boca del garaje. ¿Qué debo hacer? ¿Llamar al conserje, a la policía, a los bomberos? ¿Golpear la puerta de los despachos contiguos? Nadie me creería y podría perder mi escasa clientela. Mis ojos descienden a un titular del periódico que reposa en mi escritorio: “Extrañas desapariciones de ancianos: un caso sin resolver”.   

jueves, 2 de febrero de 2012

CUENTO



TINA Y LA BIOLOGÍA
Aquella noche Tina estaba muy pensativa mientras cenaba sopa de letras, su favorita.

Sus padres la miraron extrañados, pero no dijeron nada. Fue la abuela quien preguntó por fin:
-¿Qué pasa que estás tan calladita, Tina?

No sé si puedo
hablar de lo que pienso,
aquí en la mesa.

 -No será para tanto… -comentó la madre, con aire distraído.

-¡Que lo diga!, ¡que lo diga! -insistió el padre, curioso.
Tina alzó una ceja y viendo que le daban permiso, exclamó:

En Biología
han explicado cómo
se hace el amor.

 El padre se quedó boquiabierto mirando a su hija, quien le advirtió:

Se te ha quedado
una “jota” pegada
en la barbilla.

-¡Pero qué cosas os enseñan en el cole! -protestó la abuela-. ¡En mis tiempos habrían expulsado al profesor!
- No te pongas dramática  -repuso la madre sin darle importancia-. Ahora esas cosas se explican en clase. Cuéntanos, Tina.

Nos han mostrado
cómo lo hacen las ranas
y los caballos.

-¡¿Los caballos?! –repitió el padre, congestionado.
-¡Cálmate Fermín, que te sube la tensión!- advirtió la madre, palmeándole la espalda.

También han dicho
que gracias al amor
estamos vivos.

Tina siguió comiendo su sopa, hasta no dejar una sola letra. Después alzó la cuchara y señaló a su padre:
También vosotros
habréis hecho lo mismo
que los caballos.

La madre se metió en la cocina, porque le había dado un ataque de risa.
El padre se levantó de la silla como si le quemara, y en lugar de rojo, se puso blanco.

-¡¿Pero qué dice esta niña?! ¡Como los caballos! ¡Qué burrada!
- ¡Santo cielo! –exclamó la abuela-. ¡Se me ha atragantado todo el abecedario! Mañana mismo voy a ese colegio a poner una reclamación.

Pues el conserje
comentó que la abuela
está estupenda.

 -¡Esto es el colmo! ¡Menudo viejo verde!

De verde nada.
Yo creo que el conserje
es más bien negro.

-¡Cállate, Tina! ¡Estoy harto de oírte! Cómete el postre y márchate a tu cuarto- dijo el padre encendiendo la tele y resoplando.
-Mañana iré a decirle un par de cosas a ese conserje… con lo correcto que parecía-  amenazó la abuela abanicándose con la servilleta.

-Pues ponte bien guapa… -murmuró la madre sonriendo.
Tina frunció los labios con gesto malhumorado.

No entiendo nada.
Me hacéis hablar y luego
se monta el lío.

-No te preocupes, cariño- la tranquilizó su madre, acariciándole el pelo-. Iré contigo a tu cuarto y te explicaré algunas cosas.
-¡Ni se te ocurra! –gritó el padre, autoritario-. ¡Que se lo expliquen en el colegio!

-¿No ves que la niña tiene dudas? -protestó la madre-. No le han hablado del cuerpo humano.
Pero Tina respondió, abandonando la mesa.

No me hace falta.
Mañana nos dan clase
de Anatomía.

viernes, 30 de septiembre de 2011

CUENTO




TINA EN EL CAMPO
Aquella mañana Tina salió de casa con zapatillas de deporte, pañuelo al cuello y gorrita con visera. En la mochila, en vez de libros, llevaba bocadillos. Se iba de excursión con el colegio.

Un brillante autobús azul llevó a toda la clase hasta lo alto de una montaña. La ciudad, a lo lejos, parecía de plastilina.

El director, con sandalias de goma y sombrero de paja, se apoyó en su bastón y dijo:
-¡Quiero que toméis notas para una redacción que os pediré mañana!

En ese momento unos grajos empezaron a graznar y el director tuvo que subirse  a una roca para que lo oyeran mejor.
Como luego no podía bajar, tuvo que ayudarle la profesora de gimnasia, que era ágil como una cabra.

Tina escuchó con atención y sacó un pequeño cuaderno de su mochila para tomar nota de todo lo que viera.
Al día siguiente, el director entró en clase y pidió, entre estornudos, que cada alumno leyera su redacción.

Cuando le llegó el turno, Tina se puso en pie y leyó:                                                                   
                                   Cruza su tela,
                                    sobre la cuerda floja,
                                    una arañita.


                                   Cojo una flor
                                   y, de pronto, una abeja
                                   sale zumbando.


                                   Por cada miga
                                   que cae del bocadillo,
                                   miles de hormigas.


                                   Bien camuflado,
                                   del color del olivo,
                                   un saltamontes.


                                   Piedras del río.
                                   Resbaló el director
                                   y cayó al agua.

 La clase entera estalló en carcajadas  y Tina se quedó sin recreo.

(Ilustración: Gabriel Alonso)


sábado, 3 de septiembre de 2011

CUENTO





TINA APRENDE HAIKU

Aquella tarde, cuando Tina regresó del colegio, su madre la encontró rara.
“¿Ya está la cena?”, preguntó Tina quitándose el abrigo. Y a continuación pronunció en voz baja: “Cinco”.

“¿Qué estás diciendo?”, preguntó su madre desde la cocina.
La niña escuchó, se quedó pensativa y volvió a decir: “Cinco”.

Su padre, que estaba frente al televisor, pendiente del tiempo, anunció: “Mañana habrá borrasca”
Tina respondió en voz alta: “Siete”.

La madre salió de la cocina con las mejillas rojas como manzanas.
“¿Qué le pasa a esta niña?”, preguntó sofocada por los humos del guisado.

Tina repitió: “Siete”, y empezó a poner la mesa con más energía que de costumbre.
El padre seguía absorto ante los claros, las nubes y las precipitaciones.

Al rato apareció la abuela con su esponjoso batín estampado y se sentó a la mesa.
“¿Qué has hecho hoy en el colegio?”, preguntó como siempre.
Tina respondió:
 “Hoy ha venido /a clase un japonés /que escribe haiku.”

El padre siguió mirando el mapa en la pantalla, la madre removió algo dentro de la cazuela, la abuela levantó las cejas y miró a Tina con atención.
 “Nos ha enseñado / a decir lo que pasa /sólo en tres versos”.

“Qué cosas más raras os enseñan hoy en día.”, dijo moviendo la cabeza.
De pronto, Tina comentó:

La abuela lleva / un calcetín azul / y el otro, verde”

En ese momento, el padre dejó de mirar la tele, la madre salió de la cocina y la abuela se miró los pies.

“¡Pues es verdad!”
“¡Son cinco!” declaró Tina. “Cuatro, más una por acabar en aguda.”

Su padre le preguntó, frunciendo la nariz:
“¿Puede saberse de qué estás hablando, Tina?”

“De nada raro. / Lo que hago simplemente / es contar sílabas.”

La madre se ajustó las gafas para mirar a su hija.

“¿Quieres hacer el favor de hablar como todo el mundo?”
La niña negó con la cabeza.

“El profesor / dice que practiquemos, / y yo obedezco.”

 El padre puso los ojos en blanco, la madre dio un largo suspiro y la abuela empezó a toser.

Cuando todos se sentaron a la mesa, Tina dijo:
“Los espaguetis / me parecen lombrices / descoloridas”.

La cuchara de la madre salió volando, el padre dio un salto en la silla y la abuela se atragantó.
“¡Como sigas así te vas a tu cuarto!”, amenazó el padre, pinchando un guisante con furia.

La niña siguió comiendo en silencio, pero al cabo de unos minutos exclamó:
“Papá se acaba / de hacer un lamparón / en la camisa.”

La madre, indignada, le puso el plato en una bandeja y la mandó  a su habitación.

“¡Hoy no verás la tele!”
Pero Tina respondió:

“Me da lo mismo. / Me lo paso mejor / contando sílabas.”


(Ilustración: Gabriel Alonso)
(Publicado en la revista: "Pequeños héroes" - Valencia)