Al mediodía,
jacarandas en flor
y nubes rotas.
(fotografía: Susana Benet)
Esta acuarela, improvisada, ilustra el comienzo de "Alma de caracol", mi reciente libro de haiku. Muchas veces he visto pequeños caracoles prendidos en un tallo como brotes cerrados, como flores dormidas. Esta acuarela me ayuda a recordar esos paseos en los que disfruto de la discreta presencia de plantas y animales, un regalo para la vista, el tacto y el olfato. Sin olvidar el gusto, porque también he saboreado los pétalos tiernos de alguna flor silvestre. Ni tampoco el oído, por el zumbido hipnótico de los insectos.
(acuarela: Susana Benet)
(de: Alma de caracol - Edit. La Garúa - 2024)
Acaba de salir mi libro de haiku más reciente, titulado "Alma de caracol". Lo edita La Garúa y contiene una ilustración mía en el interior. La acuarela de portada es del pintor Gabriel Alonso.
Brilla la luna
en el rastro reseco
del caracol.
*
El carril bici.
¿Quién recuerda que allí
crecía un ciprés?
*
Esto que siento
ante la flor marchita,
¿es haiku o no?
Agradezco al editor, Joan de la Vega, el cuidado y calidad de la edición. Un pequeño libro, discreto como un caracol de jardín.
Recientemente he visto una nueva versión de la película “La invasión de los ladrones de cuerpos (1956)”, basada en la novela de Jack Finney. Y observando nuestro panorama actual me da por pensar que estamos entrando en un estado de sonambulismo muy similar al que narra esta historia, donde las personas abducidas se transforman en seres inanimados (sin alma ni emociones), que actúan mecánicamente, como simples autómatas, sometiéndose a un orden establecido que garantiza, teóricamente, su bienestar.
En aquella historia, los
responsables de ese vaciado mental eran unos extraterrestres. En nuestra
realidad no puedo atribuir a nada concreto nuestro extraño comportamiento.
Parece más bien una tendencia del ser humano a replegarse en sí mismo ante el
temor a opinar o disentir del discurso de la mayoría para evitar el rechazo y
la censura.
Aunque no puedo identificar la
causa con certeza, creo que el efecto es indiscutible. Algo ha sucedido para
que nos evitemos lo unos a los otros. Para que vayamos de un lado a otro
abstraídos o concentrados en los móviles. De tal modo que ni siquiera nos
disculpamos si nos tropezarnos con alguien en cualquier sitio.
En aquella historia
fantástica, la abducción se producía cuando la persona se quedaba dormida
durante el tiempo suficiente para que un ser alienígena, mediante unas extrañas
vainas, adoptase su apariencia externa.
Tal vez en nuestro mundo el
cambio se produce precisamente a causa de la falta de sueño y descanso. Podría
ser que esta hiperactividad esté robando energía a nuestros cerebros, al tiempo
que aumenta la influencia de los avances tecnológicos a los que nos sometemos
mecánicamente, convencidos de que ellos nos facilitan la vida. También en
aquella historia, los que habían sido invadidos por las vainas, afirmaban
sentirse perfectamente, mejor que antes, cuando experimentaban emociones.
Me preocupa que ese hipotético
bienestar nos esté robotizando y anulando nuestras emociones, como les sucede a
los personajes de aquella ficción, perdiendo la capacidad de rebelarnos ante
una realidad alienante.
Susana Benet – febrero 2024