El viento agita
el reflejo de un árbol
dentro del agua
(de: Grillos y luna - Edit. La Isla de Siltolá)
(fotografía: Susana Benet)
El viento agita
el reflejo de un árbol
dentro del agua
(de: Grillos y luna - Edit. La Isla de Siltolá)
(fotografía: Susana Benet)
Ella no niega
a nadie su perfume.
La flor robada.
(de: Grillos y luna - Ed. La Isla de Siltolá)
(fotografía: Susana Benet)
El cuarto a oscuras.
Lo ilumina la voz
de algún relámpago.
*
Gotas de lluvia...
Gozar de su equilibrio,
verlas temblar.
*
Tomarse un tiempo,
mirar cómo la brisa
mueve el helecho.
*
Apura el paso
y de pronto se agacha.
¡Unos narcisos!
(de: Escarcha al sol - Bajamar Editores -Gijón, 2022)
(acuarela: Susana Benet)
Entrelazadas,
se marchitan dos manos
en un balcón.
(de: Faro del bosque- Edit. Pre-Textos y La enredadera - Edit. Renacimiento)
(fotografía: Susana Benet)
VIAJE A CUENCA (VII)
Regresamos a la posada para
comer. El salón decorado con piezas de cerámica, jarrones, platos y otros
objetos típicos, nos resultó tan acogedor como el día anterior. Además, nos
sorprendió el detalle de que nos ofrecieran la misma mesa que habíamos ocupado
diez o doce años atrás, en aquel mismo restaurante. Al principio estábamos
solos, pero poco a poco fueran llegando otros comensales, un par de grupos, una
pareja… El ambiente se animó. Consumimos nuestro menú sin prisa hasta que a las
3 de la tarde pedimos un taxi y nuestro equipaje.
El dueño, al que recordaba
de nuestra estancia anterior, se mostró muy atento y enseguida pudimos acceder
al taxi y dar una última ojeada a los árboles y la densa vegetación a orillas
del Huécar, justo frente de la posada.
La taxista, una mujer joven
y de pocas palabras, nos llevó como un rayo a la estación moderna y espaciosa
de Fernando Zóbel. Teníamos tiempo suficiente para entrar en el único comercio
del vestíbulo y escoger unos dulces para regalar a la familia.
Me di cuenta de lo mucho que
deseaba regresar a casa, pero cuando el tren arrancó sentí una ligera nostalgia
de esa ciudad que se veía como una mancha en la distancia.
Junto al andén había observado,
maravillada, un joven arbusto creciendo cerca de las vías con sus hojas
amarillas, casi doradas, temblando en la brisa como una mano alzada que nos
dijera adiós.
El
arbolillo,
bajo
un cielo apagado,
es
todo luz.
(fotografía: Susana Benet)
VIAJE A CUENCA - VI
Al llegar al parque de San
Julián descubrimos un pequeño bar en un rincón y decidimos tomar un vino antes
de la comida.
La encargada del bar era una
mujer joven, de aspecto agradable, con una larga melena oscura y el cuerpo
menudo y esbelto. Nos sirvió dos vinos y siguió charlando con un cliente joven
al otro lado de la barra. Por su conversación tuve una idea más clara de
lo que ya había intuido el día anterior. Ella se quejaba de lo mal que iba el
negocio y afirmaba que, de seguir así, tendría que cerrar el bar. Que tenía un
hijo que mantener y el sueldo no le llegaba
a fin de mes. Que hace años era distinto. Que cogía el coche y viajaba hasta
Valencia para ir ala playa, pero que ahora eso era impensable.
Bebíamos nuestro vino y
tomábamos una tapa que nos había obsequiado, y la escuchábamos con
cierta inquietud, como nos habían inquietado los comercios cerrados, las
persianas echadas, los carteles de “Se vende” y la falta de alegría en los
locales, siempre semivacíos.
Evoqué nuestro viaje a Zamora de pocos años atrás y el gran contraste que había percibido entre el ambiente animado y bullicioso de la primera vez que pisé la ciudad y el actual. Al cabo de un par de decenios, la ciudad parecía medio deshabitada. Casi nadie por las calles, algunos bares cerrados, y el comentario de la dueña de una tienda de jabones artesanales, quejándose de lo mal que iba el negocio, a pesar de estar situado muy cerca del mercado principal.
El problema, por lo tanto, venía de muy atrás y afectaba sobre todo
a las pequeñas ciudades del interior. Por otra parte, para el visitante, era
más ameno y cómodo recorrer sus calles
sin tropezarse con bandadas de turistas.
Día tras día
pasa el río y arrastra
recuerdos, vida.
(fotografía: Susana Benet)