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miércoles, 6 de noviembre de 2019

PROSA





MUERTE DE UN PÁJARO

Creí que los pájaros no se morían nunca, como lo hacen los perros, los gatos, las personas. Ellos están siempre ahí, moviéndose en sus jaulas, ágiles y entretenidos picoteando hojas. Los veo cruzar el cielo,  posarse en cualquier rama o dar saltitos por el suelo. Es difícil no verlos si me asomo a las ventanas y aunque sé que no son siempre los mismos, parecen renovarse como las hojas de un árbol. Si alguna vez he visto alguno inmóvil sobre el suelo, he apartado la mirada, sin querer comprobar si estaba muerto. He pasado deprisa por su lado.

Estos días se ha producido un caos en la casa. Uno de mis periquitos está enfermo, apenas come y oculta su cabeza entre las plumas. Permanece inmóvil, igual que una persona que soporta en silencio su dolor. Lo contemplo aterrada. No es la imagen de siempre. Su compañero lo observa como yo y, con sumo cuidado, picotea suavemente su cabeza y le lanza un breve parloteo. En otros momentos  se impacienta y eleva la voz como queriendo espabilar, con gritos estridentes, al enfermo.  A veces consigue que el otro reaccione unos segundos antes de volver a ensimismarse.

Ayer fui al veterinario. No saben si se trata de algo grave, si habrá recuperación. Tuve que dejar al periquito en una pequeña incubadora transparente.

Hoy sé que ya no vive. No superó su mal. Me lo entregaron en una pequeña caja de cartón, envuelto en un pañuelo de papel. Me cuesta enfrentarme a la muerte de un pájaro. Si en vida nos parecen lejanos, tan leves y enigmáticos, como seres de otra dimensión, cuando están muertos todavía resultan más extraños.

No me atrevía a descubrir su cuerpo, tardé unos segundos en decidirme. Cuando aparté el papel, observé que el color de sus plumas seguía intacto, con el mismo brillo que tuvo en vida. Miré sus patas rígidas y percibí el blando contacto de su cabeza contra mi mano.  Su muerte, aunque cierta, me pareció irreal. Lo enterré al pie de la buganvilla donde están despuntando flores nuevas. Me costó aceptar su muerte. Nunca pensé que aquel cuerpo tan ligero pudiese cargar con tan gran peso.

(5-11-19)


(fotografía: Susana Benet)


jueves, 12 de septiembre de 2019

LA TORMENTA





LA TORMENTA

Me despertó la lluvia esta mañana, repicando en los tejadillos, en los toldos, en los metales. Por fin, la lluvia. Tras un verano agobiante que resecó el suelo y aletargó las plantas, ahora todo revive en las hojas brillantes, empapadas. Están limpios los árboles, las húmedas aceras, la tierra de los setos. También se han abierto inquietos los paraguas que entrecruzan sus vistosos colores por la avenida. El viento también despierta las ramas cabizbajas, las agita y eleva sin violencia. Aproxima de pronto las copas de los ficus que crecen en el pequeño parque, donde ya no resuenan gritos ni súbitos ladridos. Todo es calma. Solamente el rítmico goteo del agua en el asfalto, como una dulce cantinela que inunda el aire. También se escuchan, de vez en cuando, muy lejanos, los truenos como voces veladas por las nubes.

Después de la tormenta quedan charcos plomizos, apacibles estanques donde alguien contempla su imagen reflejada sobre un cielo invertido, donde las vagas siluetas de los árboles parecen sumergirse en un profundo sueño.





(fotografía: Susana Benet)




viernes, 9 de agosto de 2019

AFORISMOS del pintor RAMÓN GAYA (1910-2005)









ENEMIGO

NO te hagas enemigo de nada.



FIDELIDAD

¿CÓMO vamos a pedirle fidelidad a quien necesita ser infiel a sí mismo si quiere existir?



GOZO

NINGÚN goce es descanso.



PLACER

CASI siempre el esfuerzo está divorciado del placer.



LUGARES ABSOLUTOS

NO hay lugares absolutos a donde ir.



EXILIO

EL exilio no termina nunca.



HUIR

NO podemos huir nunca, viajar sin nosotros.



* * *

(de: Algunos aforismos del pintor Ramón Gaya - La Veleta, 2019 - Granada)

(acuarela: Ramón Gaya - 1992)



miércoles, 9 de enero de 2019

AFORISMOS de ANTONIO CABRERA







En el tacto de las cosas, más que en su visión, nos sorprende la rara contigüidad del mundo. Pon la palma de tu mano sobre la corteza del árbol.

***

Las manecillas del reloj pierden el tiempo.

***

Una mañana diáfana y húmeda equivale a una verdad recién nacida que todavía tiembla en el discurso.

***

Muñecas rusas del paisaje: lugares secretos dentro de lugares perdidos dentro de lugares remotos.

***

El arte de ser padres consiste en saber enhebrar la distancia en la proximidad. Como en todo arte.

***

Este repentino rayo de sol sobre el cuaderno quiere ser aforismo. Pero es haiku.


***


(de: Gracias, distancia - Ed. Cuadernos del vigía, 2018)

(fotografía: Susana Benet)



miércoles, 26 de diciembre de 2018

AFORISMOS de ROGER SWANZY








Enamorar: tocar la desnudez del alma.

*

Hay que gozar la llama, el dolor siempre nos espera en la ceniza.

*

A veces, al apagar la luz, se encienden otros resplandores.

*
  
Lo mejor de la niñez: todo olía a verano.

*

El arte pretende acabar con la apatía y sembrar simpatía en su lugar.

 *

El arte es una herramienta para transformar el deseo.

*

Entramos en la ducha con ganas de convertirnos en miles de gotas de agua.




***




(de: La gota infinita del deseo - Ed. Amargord, Madrid 2018)

(acuarela: Susana Benet)






martes, 16 de enero de 2018

PROSA







LA SERENIDAD DEL ÁRBOL

No me canso de mirar ese árbol que crece delante de mis ventanas. Mi casa no sería la misma sin ese árbol que me acompaña en todas las horas del día y de la noche. En todas las estaciones. No me hacen falta calendarios, con solo mirarlo ya percibo la llegada del otoño o la primavera. Ahora mismo, mientras va desprendiéndose de hojas, sé que pronto llegará el invierno. En verano, su sombra cubre el asfalto como un pequeño oasis callejero.

Siempre me han fascinado los árboles. Esos seres robustos y firmes, tan parecidos en la forma a los humanos, con sus ramas alzadas como brazos o su copa inclinada como una enorme cabellera. Son seres generosos,  refugio de los pájaros y sus cantos. Presencias que embellecen las aceras. Piden poco. Apenas necesitan cuidados, excepto alguna lluvia que devuelva el brillo a sus hojas y alimente sus raíces.

Acabo de leer un artículo en el que afirman que los árboles ayudan a nuestra salud mental librándonos del estrés. No necesito que me lo digan los expertos. Si alguien cortara ese árbol que crece ante mi ventana, sé que mi estado de ánimo se vendría abajo, como su frondosa copa. Vería ante mí el inhóspito cemento de las fachadas desnudas. Sin embargo, parece que a muchas  personas les trae sin cuidado que crezcan árboles ante sus casas. Es más, no exigen que se repongan aquellos que han sido talados por alguna enfermedad, o que simplemente han desaparecido de sus alcorques, dejando un espacio de tierra estéril.

Afortunadamente, -y esto es algo que no tiene precio-, más allá de este árbol crecen otras especies en un pequeño parque urbano. Figuras que para mí representan humanas compañías, como el ascético ciprés que apunta solitario al cielo, la bulliciosa acacia que derrama su espléndida copa de flores amarillas o el espléndido ficus que proyecta la amable frescura de su sombra.

Esa presencia vegetal es más preciosa que la mejor escultura creada por el hombre, porque se esculpe a sí misma sin cesar. Incansable pulmón que purifica el aire, reteniendo la escasa humedad que nos deja la lluvia en tiempos de sequía, protegiéndonos del calor agobiante.

Quisiera contemplar la vida con la misma serenidad del árbol. Aceptando con firmeza de tronco y ternura de hoja los vaivenes caprichosos de la vida.

Noviembre, 2017



(fotografía: Susana Benet)






domingo, 29 de octubre de 2017

APUNTE










LA SOLEDAD DE JACK


Después de haber vivido juntos durante quince años, Jack ha perdido a su compañero Ron. Ya anunció su muerte antes de que se produjera, lanzando largos maullidos por las noches. Ahora que Ron se ha marchado para siempre, Jack vuelve a maullar con el mismo tono grave y siniestro. Busca a su compañero por todos los rincones de la casa, huele su ausencia, me mira con sus negras pupilas dilatadas, como si me interrogara. Por mucho que lo acaricie y le hable dulcemente, no podré acabar con su tristeza. La tristeza de los animales que, al igual que nosotros, sienten profundos afectos y los demuestran. Al igual que nosotros buscan  la compañía, el calor del contacto, la presencia del otro aunque esta suponga, en ocasiones, disputas pasajeras por un trozo de sofá o por un rayo de sol. Jack, el afectivo, se acercaba a lamer la cabeza de Ron, mientras éste bebía agua. Sabía que su compañero estaba muy débil y trataba de aliviarlo. También los animales, a quienes tan poco conocemos, son capaces de sentir compasión. Un sentimiento que creemos poseer solo los humanos. Jack, como un miembro más de la familia,  contempló a Ron mientras este entraba en un sueño profundo del que ya no despertaría. Cuando traje a casa sus cenizas, Jack estuvo olisqueando el armario donde las guardé. ¿Era capaz de saber lo que contenía aquella pequeña urna herméticamente sellada? Nunca antes había sentido curiosidad por ese armario ni ahora se interesa ya por él. Solamente le atrajo en el momento en que guardé lo que queda de Ron. Ahora ya sabe que su amigo no volverá, pero sigue echándolo de menos y lamenta su soledad con profundos maullidos. 


(fotografía: Susana Benet)




sábado, 5 de marzo de 2016

NOVEDAD







Mi buen amigo Gregorio Dávila, que dirige la página "Paseos.net" dedicada al haiku, me envía este precioso libro lleno de citas o "chispas de sabiduría". He aquí unas cuantas:


Lo primero que hay que hacer para salir del pozo
es deja de cavar.

Proverbio chino

*

No ser amado es una simple desventura.
La verdadera desgracia es no saber amar.

Albert Camus

*

Nos han sido dadas dos orejas pero sólo una boca;
para que podamos escuchar más y hablar menos.

Zenón de Elea

*

Lo que sembramos en la contemplación,
lo cosecharemos en la acción.

Maestro Eckhart

*

La fe es el pájaro que canta
cuando el amanecer todavía está oscuro.

Rabindranath Tagore





(de: Luna del alba - Editorial Createspace de Amazon)

(acuarela portada: Susana Benet)





martes, 16 de febrero de 2016

AFORISMOS de ENRIQUE GARCÍA-MÁIQUEZ






Desde que muere tu madre la muerte es tu hermana.

* * *

Lo interesante de los que hablan mucho de sí mismos es lo que callan.

* * *

En los cuernos del ciervo siempre es otoño.

* * *

Esta mañana el monte era un arco iris de verdes.

* * *

El amor consigue detener el tiempo; pero cuando pasa el amor todo el tiempo regresa de golpe.

* * *

Los tontos admiran a los listos que envidian a los inteligentes que aprecian a los sabios que aman a los tontos.



(de: Palomas y serpientes - La Veleta, 2015 - Granada)




jueves, 28 de enero de 2016

ARTÍCULO





JOSÉ LUIS PARRA, HENCHIDA SOLEDAD
Es difícil hablar de un poeta que ya no está -José Luis Parra Fernández falleció en el 2012- y de quien estuve tan cerca durante años. Creo que el mejor modo es hacer un recorrido por su poesía, en la que se revela su propia vida, la trayectoria de un hombre independiente que se formó a sí mismo como poeta, porque desde muy joven tuvo claro cuál era su vocación. No finalizó sus estudios de Magisterio ni los de Graduado Social. Trabajó en una editorial  valenciana dirigida por Víctor Orenga, sin llegar a pertenecer a ella de forma permanente. Pasó algunos veranos en Lloret de Mar, trabajando en un establecimiento de perritos calientes para costearse sus gastos y viajar por la península, subiendo y bajando de los trenes hasta agotar su presupuesto e incluso, a veces, su salud. En una ocasión, ya sin recursos,  tuvo que regresar andando a Valencia alimentándose de lo que podía encontrar en los campos. Alguna noche la pasó cubriéndose con cartones en compañía de los sin techo. También deambuló por las Ramblas de Barcelona, protegido por un indigente que compartió con él su vino y su humilde vivienda. Era un hombre siempre de paso, una persona desarraigada que apreciaba sobre todo su independencia. Solamente una vez, a lo largo de su vida, residió de forma permanente en otra ciudad, Murcia, donde fue empleado de una compañía de seguros durante trece años. Su admiración por esa ciudad se percibe en estos versos: “Todos los días / -o casi todos- / esta ciudad escribe / con sol / la más espléndida literatura.”
Poeta rebelde, que elaboró su propio estilo leyendo a innumerables autores y creó su propio personaje: un tipo solitario que bebe en los bares. Un hombre enamorado de la vida y, al mismo tiempo, atormentado por los remordimientos. Tras dejar su empleo en Murcia, de forma voluntaria, escribe en su poema “Jubilación anticipada”: “Ya tienes todo el tiempo / para sentir cómo se apaga el tiempo. / No hay magia en la penumbra. / Sólo curiosidad, algún vago temor / y dientes apretados.”
Aunque frecuentó ambientes literarios, no perteneció a ningún grupo ni a ninguna de las llamadas “generaciones”. Únicamente participó en el Primer Certamen Literario de Mislata, siendo premiado por su obra: “Más lisonjero me vi”, con la que inició una larga trayectoria que concluyó con su último libro, “Inclinándome”, publicado poco antes de su fallecimiento, en la editorial Pre-textos, al  igual que los tres títulos anteriores (“Los dones suficientes”, “Tiempo de renuncia” y “De la frontera”).
Anteriormente, obsesionado por la salud de su madre, escribió su segundo poemario: “Un hacha para el hielo” (Ediciones de la Guerra-Café Malvarrosa, 1994)  en cuyos versos describe el temor y la gran tristeza que para él significó la pérdida de la figura central de su existencia. En este libro breve y rotundo, prologado por el poeta Marc Granell, y dedicado a María Fernández Campos In memoriam, el poeta trata de conjurar el espanto de lo inevitable:
VIII
Nerviosamente labraré
con manos temblorosas por el miedo, un arma,
un arma y a la vez un amuleto
que aleje los fantasmas del futuro
vivido con espanto cada día.

Y dejaré fluir un cántico salvaje
que no reclama eternidad ni salvación pretende:

escudo que atenúe los zarpazos de la bestia,
hacha de piedra
para el mar helado que nos devora dentro.

Ese profundo afecto que sentía por su madre, el terrible golpe que supuso su pérdida, aparece en cada uno de sus libros, asomando como una luz añorada o como la sombra de una ausencia. Ya la casa familiar no es la misma. Por ella deambula el frío y el desvalimiento de quienes dejó atrás. El padre y tres hijos solteros.

El abandono y la desidia van a apoderándose no solo de la atmósfera doméstica, sino también de sus habitantes. En el libro “Los dones suficientes” el poeta describe con todo lujo de detalles cómo la casa se va convirtiendo en madriguera, tal como la muestra en estos versos: “Todo es cuestión de tiempo, y esta casa / que ha sido la humilde obra de tu vida / la afirmación de tu coraje, será la madriguera, / la guarida, / leonera de libros, papeles y abandono, / de los que indignamente quizás han decidido / vivir, sobrevivirte.”

Ni siquiera el amor correspondido logra aliviar la gran desesperanza que marca su existencia. Por eso lo condena de antemano, no es capaz de entregarse a esa certeza. Su visión del amor es pesimista, incluso en los instantes de mayor vértigo y esplendor. “También nuestro amor pasará. Mientras digo te quiero / ya se aprestan la injuria, los celos, el reproche, / y la gris procesión de costumbre y hastío / inicia su desfile.”
Por eso elige la soledad, el desarraigo, el engañoso refugio del alcohol y la vana compañía de las conversaciones de bar. Es allí donde Parra brilla con su ingenio, su humor, su intrepidez, su amena conversación. Conoce bien el cine, y como Ray Millan en el film “Días sin huella” (que tanto admira), recita sus versos arrebatado por la euforia de las copas. Porque Parra, a pesar de ser un solitario, rebosa de amor por la vida y se siente acompañado por sus fantasmas.
[…] Mis fantasmas
sólo hablan de la vida,
y su alegría en mi alegría se funde y se entrelaza
dando frescura al corazón, henchida soledad,
belleza para siempre.

En “Jornada en un bar” describe minuciosamente cómo la luz de la cerveza que  “ilumina vísceras, glándulas y huesos”, se va apagando a medida que transcurren las horas y avanza la sombra arrastrando consigo la culpa y el remordimiento, temas recurrentes en su poesía.
He visto cómo se resecan y endurecen las tortillas,
cómo actúan, secretas, las bacterias,
fermentando las salsas, cómo se descomponen
las tapas lentamente, en su urna de cristal…

Que viejo y arrugado yace –ahora
lo estoy viendo- el diario
de la mañana,
abandonado en un rincón, manchado
y lleno de noticias atrasadas.
He visto cómo sube
la araña cenicienta del día consumido
por los ladrillos taciturnos de la casa de enfrente.

Y aquí sigo, aquí sigo
paralizado.

Estoy viendo subir remordimientos,
arcadas, nuevas culpas…

Estoy viendo subir, rauda, la sombra.

Amante de las mañanas, Parra presiente en la luz un anuncio de felicidad. Es la luz liberadora, que cauteriza las heridas de la culpa. “De pronto, en la cocina, /  preparando el café del desayuno, / qué lanzada de sol me cauteriza. / ¡Absolución!”. Hay un continuo canto a las mañanas, a los pájaros, a los árboles, al gozo de sentirse vivo. La luz se convierte en esperanza de reencuentro con los que ya no están. “Tan fácil la resurrección parece, / tan sencilla, / en mañanas como ésta con aura de prodigio…”, en fuerza irreprimible, en “perro leonado”, fiel compañero de juegos y aventuras en una lejana terraza bajo el prodigioso cielo de la infancia. Hay un desesperado canto al placer efímero. “El mundo es un desastre, pero el día / ah día, / está clamando eternidad.”
Pero esa claridad tan amada, tan prometedora, se transforma inevitablemente en sombra, en temor y remordimiento. “Nada, nada / en mi vida  llegó a su hora justa: / muertes anticipadas por el miedo, / impuntuales citas, demoras humillantes / cuando el vigor del cuerpo joven, con más ferocidad, / precisos cumplimientos reclamaba”. Sin embargo, y por duro que sea el presente, Parra logra teñir de humor los momentos menos favorables, como en su celebrado poema “Esperando a Bárbara”, en el que un joven enamorado contempla pasar el tiempo sin que su amada acuda a la cita, concluyendo con estos versos que resumen su fracaso: “Pero no desesperes, con la curda indecente / que arrastras, ya ni la mismísima / Bárbara / sería solución, después de todo.”

Poseedor de una amplísima cultura literaria, conocedor de innumerables poetas, algunos casi desconocidos en nuestro país, Parra escribe de manera incansable, en cualquier parte, sobre cualquier pedazo de papel, muchas veces de memoria mientras camina. Escribe sobre sus temas predilectos: las pérdidas, los remordimientos unidos a una alegría que apenas sabe manejar. “Ay, poderes magnánimos / de la luz, protegedme / de mi alegría”, concluye en su poema Vislumbres. Y es que no se atreve a ser plenamente feliz porque siempre está anticipando el derrumbe.
La casa se va quedando vacía, primero la madre y después, al cabo de los años, el padre. Quedan los tres hermanos solteros, solitarios, aferrados al pasado, personajes anacrónicos en un mundo del que apenas participan. Ese desvalimiento queda reflejado en su “Canción de las cinco cucharas” en el que, poco a poco, van desapareciendo las cucharas de la mesa del mismo modo que se producen las ausencias. Pero, a pesar de todo él, “intrépido cadáver”, como se autodefine en algún texto, es el único, de los tres hermanos, que prosigue una labor creadora ininterrumpidamente y sigue siendo capaz de celebrar la vida, el amor, la amistad. Incluso es capaz él, de apariencia tan frágil, de ocuparse de todo lo incómodo de su mundo doméstico. Barre, friega, cocina, escucha las quejas y trata de sobrellevar el progresivo deterioro de la casa y de sus medrosos moradores con admirable voluntad. “Nos acobarda el frío, la hostilidad del clima. / Las tardes invernales, tan cortas, nos deprimen. / Mi hermano ha decidido no salir de la cama, / y se ovilla, y maúlla, y ronca plácido. / Nos alarma el teléfono, / y más aún el timbre de la puerta”. En ocasiones huye, sale a la calle y busca en los bares la paz y el sosiego que tanto añora. Otras, se contenta con asomarse al mundo a través de las ventanas o desde su estrecho balcón. “Salgo al balcón y riego las macetas. / Al inclinarme noto que envejezco. / Pero cómo consuela, con los años, / esta alegría, este ritual, el chorro / de agua sobre las hojas.”
Su último libro, “Inclinándome”, delata con el título su rendición final. Presiente que su salud ha empeorado, del mismo modo que empeora su ambiente familiar. Se aferra a su poesía en un último gesto esperanzado, alentado por sus amigos, los que nunca le abandonan, y por el imborrable recuerdo de su madre. Mientras el verano de su vida se aleja y presiente la cercanía de un otoño “no menos pleno y sosegado”, acepta con serenidad lo que la vida le ha dado y le ha negado. El poeta asume su presente con apacible calma, con sabio coraje y parece encontrar finalmente el ansiado el equilibrio. “En el confín de la orfandad / cimas y abismos que tanto me elevaron / y me hundieron, / por fin caminan juntos / en una extraña e inquietante calma. / Ah concordia tardía, la alegría y la desesperación / son ya casi lo mismo”.

(Susana Benet, 2015)



 (publicado en el número 5 de la revista: ESTACIÓN POESÍA - Sevilla, otoño 2015)
(Imagen archivo)


viernes, 24 de abril de 2015

AFORISMOS de LEÓN MOLINA








NO pasa nada por no leer. Pero si lees pasa de todo.

EL filósofo es un artista cuando pregunta, el poeta cuando responde.

LA muerte no importa. Importan las muertes.

LO más difícil de las ocurrencias es saber cuándo hay que guardárselas para uno mismo.

LA originalidad es una máquina de triturar poetas.

PENSAR en libertad incluye, en primer lugar, pensar contra uno mismo.

LA melancolía, si hace bien su trabajo, nos conduce a la alegría.

LAMENTAR lo que no conseguiste es lamentar lo que tienes.

TODO aquello que en la juventud te empujaba a desear, en la madurez te impulsa a agradecer.




(de: "Mapa de ningún sitio" - Edit. La Isla de Siltolá. Sevilla, 2015)

(acuarela: Susana Benet)




miércoles, 13 de agosto de 2014

PROSA








DESGANA

Qué sopor en el ambiente. Parece que todo suceda con desgana. El calor enlentece el movimiento y una minúscula tarea se convierte en gran esfuerzo. Esperar bajo el sol a que cambie el semáforo se hace eterno, mientras el tráfico pasa más pesado que de costumbre. En casa, los gatos apenas se mueven, permanecen echados en los rincones más frescos, los que ellos sabiamente encuentran. Las plantas se sumergen en un grávido letargo, sus frágiles hojas resistiendo el acoso de las plagas. Los árboles están quietos, apenas sopla brisa que los meza. Sobre el cielo, las nubes están fijas, sin avanzar hacia el este ni hacia el oeste. Tampoco se ve un pájaro cruzar el horizonte. Inundadas de sol, las azoteas aparecen desiertas. El tiempo pasa despacio en este interminable día. Desde el jardín se oye el canto apagado de las aves que se refugian del calor entre las ramas. También los aparatos se resisten a funcionar. Tardan en conectarse, parpadean sus pilotos, se calientan en exceso. La pantalla muestra con retraso las letras tecleadas y, en algunos momentos, no obedece y queda el texto suspendido. Uno mismo va perdiendo las ganas de actuar cuando observa que todo invita a la indolencia, a la inacción. Olvidando sus propósitos, se deja contagiar por la desgana y desconecta. No suena el teléfono. La bandeja del correo está vacía.
 
 
 
 
(fotografía: Susana Benet)
 
 
 
 
 

 

 

domingo, 29 de diciembre de 2013

TEXTO de SEI SHONAGON








Cosas que están lejos aunque estén cerca

Fiestas que se celebran cerca del palacio.
Relaciones entre hermanos, hermanas y otros miembros de la familia que no se quieren.
El camino zigzagueante que lleva al templo de Kurama.
El último día del Duodécimo Mes y el primero del Primer Mes.




(de: El libro de la almohada - Alianza Editorial)

(Acuarela: Susana Benet)



jueves, 25 de abril de 2013

PROSA




PANTALLA BORRADORA

 Es curioso, cuando tengo apagado el ordenador mi mente parece estar más clara y me hace interesantes sugerencias: páginas que podría visitar, consultas sobre libros, autores, revistas, viajes, blogs…, pero después, cuando me siento ante la pantalla, no sé por qué, se me olvidan todos mis propósitos. De hecho, lo olvido todo. A veces me pregunto: “¿qué era aquello que quería ver en internet?” y la respuesta es un enorme vacío. ¿Será que tengo amnesia? ¿Será que, en realidad, no me interesa nada? ¿Será que soy voluble y olvidadiza? He estado meditando (con el ordenador apagado, claro) y he llegado a la conclusión de que se trata de la pantalla, del indudable poder que posee para dejarme la mente en blanco, como si a mí no me funcionase el “wifi” o tuviese algún cable desconectado. De hecho, se me llega a olvidar que el tiempo corre muy deprisa y, algunas veces, se me pasa la hora de comer o de cenar y me levanto de la silla como una sonámbula que vaga por la casa desorientada: “¿qué hora es?, ¿en qué fecha estamos?”. Cada día parece que el poder de este trasto crece, mientras mi mente se va apagando como una pila gastada. Dicen que esto chupa energía, que no es bueno para la salud, que hay que salir a la calle. Pero en cuanto me aparto de la pantalla, y mi mente se despeja un poco, vuelven a asaltarme tremendos deseos de explorar todo lo que acumula ese gran almacén de datos, ese otro cerebro que, a medida que crece, va borrando del nuestro la memoria.
 
(Fotografía: Susana Benet)