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martes, 29 de diciembre de 2020

HAIBUN


 


LA FUERZA DEL VIENTO

Aunque derribe muros, arranque ramas, alborote las hojas sobre el suelo, también el viento expresa nuestra ira, el malestar que sentimos ante lo inevitable. Llegan malas noticias, no la trae el viento, sino los medios. Vivimos en un temor continuo y cada cual se refugia donde mejor puede, unos en casa, otros detrás de las mascarillas, algunos en los bares que siguen abiertos. Las ondas nos traen cada día noticias contradictorias, como si soplasen vientos desde distintos puntos cardinales. Todo es confusión y desorden, como las rachas que revuelven papeles y hojas secas. Nuestras mentes se agitan como las copas de los árboles, sin descanso. Algunos recurrimos al sueño, al placentero sueño que nos libra del miedo y nos mece dulcemente en su regazo. Cuánto echamos de menos esa calma ahora que el mundo se tambalea igual que un muro desgastado. Los árboles resisten y nos muestran su verdad: solo la rama flexible no se rompe. Por cada hoja caída, brota una nueva. El viento huracanado esparce las semillas que en la tierra germinan y algún día serán bosque. Las hierbas más humildes crecen con fuerza en cualquier grieta.


                                                       Guantes de plástico.

                                                        El vendaval los junta

                                                        y los separa.






(acuarela: Susana Benet)



 


sábado, 1 de agosto de 2020

LA RIQUEZA DEL HAIKU






El haiku supone una apertura al mundo, a nuestro entorno inmediato. Amplía nuestra capacidad de percepción y nos hace participar de una forma desinteresada en la vida. Con el haiku descubrí que la realidad era menos tediosa de lo que me parecía antes. En mis diarios trayectos al trabajo fui tomando conciencia de los pequeños detalles cotidianos y dándoles un nuevo valor. Fue un súbito “darme cuenta”. Mi mente se abrió hacia el exterior, dejando de lado mis habituales preocupaciones. A partir del momento en que comencé a escribir haiku mi interior cambió. Aprendí a percibir con más agudeza la vida alrededor y a disfrutar de cualquier breve acontecimiento o cambio en el paisaje. Anotar mis haikus en un cuaderno se convirtió en un modesto ritual que enriquecía mi vida. Resultó ser una benéfica meditación que me ayudó anímicamente entonces y que no he dejado de practicar.


Se fue la niebla.

Ya se ve al jardinero

cortando el césped.


* * * 


(acuarela: Susana Benet)




martes, 16 de julio de 2019

HAIBUN






CALOR

Es difícil moverse en esta sopa de aire caliente y viscoso. Se tarda más en desplazarse de un lugar a otro, incluso por la casa. Trasladarse en autobús se convierte en una dura prueba de resistencia a los olores. Todos transpiramos más. Unos tratamos de borrar nuestro rastro con agua y jabón, mientras que otros afirman su presencia marcando el territorio con su tufo personal. También la playa se ve afectada este verano por la presencia de aguas fecales. Habrá quien, ignorándolo, se dé un baño de inmundicia. La porquería no está solo en el mar, también se ven sobre la arena restos de nuestra dieta. En la tele avisan diariamente de las olas de calor venidas y por venir. Y también nos informan de terribles sucesos: crímenes, accidentes, disturbios… ¿Seremos como las moscas que se excitan con el calor? Parece que hablemos en voz más alta, que andemos a tropezones por las aceras, que los populares  patinetes se nos crucen a más velocidad, que los niños berreen más en sus carritos, que a los árboles les falte riego y limpieza a los alcorques. La gente se apiña en las terrazas, esperando el menor soplo de brisa, mientras los camareros recogen y apilan con desgana las sillas y las mesas. Todo sucede a cámara lenta, como ese sol que tarda en ocultarse, como esos que avanzan arrastrando sus bolsas de rebajas hacia sus casas. Tal vez mañana los termómetros marquen un grado menos, pensamos contemplando qué rápido se funde el hielo en nuestros vasos.

Puesta de sol.
Un perro se refresca
en una fuente.






(fotografía : Susana Benet - Madrid, 2018)







miércoles, 5 de diciembre de 2018

HAIBUN





AMIGA DE LA CALMA

Siempre he sido lenta, incluso para nacer (como me reprochaba mi madre). Esa lentitud me ha acompañado toda mi vida y me siento cómoda con ella. Las prisas me alteran y confunden. Creo además que el mundo de las ideas, de las ensoñaciones, convive mejor con la calma que con la precipitación. Sin embargo, la vida sucede muy deprisa, los relojes avanzan, a veces,  más rápido de lo normal, los demás parecen poseer una capacidad extraordinaria para realizar actividades a las que yo dedicaría el doble de tiempo. Por eso me llevo bien con las plantas, que crecen despacio, con los gatos que se mueven con lentitud, con los ambientes apacibles. A veces entro en una iglesia solitaria y disfruto de una grata sensación de recogimiento, lo mismo me sucede en un jardín, un museo, una calle aislada.

Pero esta disposición de ánimo, también tiene sus inconvenientes. Ya de niña llegaba tarde al colegio, con tanta frecuencia, que en una ocasión no me dejaron entrar y me devolvieron a casa, con gran disgusto de mis padres. Claro que, de camino al colegio (media hora andando) me abstraía e imaginaba tan bellas fantasías, que no controlaba el reloj ni la velocidad de mis pasos.

Curiosamente, en ocasiones, las carambolas de la realidad dan en el blanco. En clase de música, en la que, por cierto, no escuchábamos música, nos ordenaron un trabajo sobre un compositor. A mí me correspondió Debussy, de quien apenas había oído hablar. Busqué información en una inmensa biblioteca donde no sabía por dónde empezar. Al final no recuerdo si entregué el trabajo. Ahora, al cabo de los años, cada vez me siento más fascinada por su música y me doy cuenta de cuánto se aproxima a mi temperamento. Ahora empiezo a entender por qué me pidieron un trabajo sobre ese compositor y no otro. Al escucharlo parece que me envuelve esa misma irrealidad que me secuestraba al caminar por la calle de camino al colegio. Hay algo onírico en sus creaciones, algo sensual, primitivo, como en el Preludio a la siesta de un fauno.

A mis trece años, cuando Debussy no era más que un nombre para mí, no podía imaginar que lentamente entraría en su música como en un templo, donde el tiempo parece transcurrir más despacio.


Solo un instante
roza el rayo de sol
a los jazmines.



 (fotografía: Susana Benet)


martes, 10 de octubre de 2017

HAIBUN








OSCURIDAD

Qué agradable esta oscuridad que invita a la calma, al recogimiento, no como cuando el sol estalla sobre las cosas y la gente se vuelve inquieta y va de un lado a otro hablando en voz alta, gesticulando, invadiendo impaciente las aceras. Días en que apenas se puede pensar porque la luz aturde. En cambio ahora, cuando una lluvia mansa susurra sobre el asfalto, un plácido silencio se apodera del aire. La gente se dispersa, se refugia en los espacios cerrados, y los pocos que caminan por las calles, lo hacen cabizbajos, ensimismados, reverentes.

Esta oscuridad no es algo cerrado, opresivo, sino que esparce una sutil claridad desde las nubes, avivando el verdor de los árboles con levísimos reflejos nacarados. Uno se siente sumido en la transparencia, como si recorriese las naves de un templo, donde la luz blandamente se filtra por las altas vidrieras.

Se escucha en la distancia el tímido trino de algún pájaro o el roce amortiguado de las ruedas sobre el húmedo asfalto, como una letanía que adormece.

Sobre las ramas goteantes, las flores entreabiertas reposan inmóviles, con sus pétalos recién lavados, y las pálidas hojas, preludio del otoño, empiezan a teñirse de rojo y amarillo.

Duermen las ramas
empapadas de lluvia.
Bosteza el sol.






(fotografía: Susana Benet)


viernes, 19 de agosto de 2016

HAIBUN








DEMOLICIÓN

El edificio se mantenía en pie junto a la parada de autobús. Una construcción antigua de dos plantas, con los marcos de las ventanas medio arrancados, la pintura de los muros desconchada  y enormes agujeros en el tejado. Una densa oscuridad brotaba del interior como una fantasmal presencia. Tan solo las  palomas se refugiaban en la desierta casa, se posaban en las frágiles tejas, se asomaban ligeras a los balcones. El muro exterior, todavía blanco, aparecía manchado y agrietado, como una piel enferma. Por un pequeño patio a espaldas de la casa, asomaban las ramas de una joven acacia que cada primavera renovaba su verdor sombreando un pedazo de la acera. En otoño, sus tallos se elevaban hacia el cielo cubiertos por algunas hojas amarillas. Todavía podía leerse el número de la vivienda sobre una placa metálica insertada en el muro. Un número obsoleto, sin sentido. De pronto, una mañana, descubrí que faltaba media casa. Habían colocado redes protectoras y un enorme cartel anunciaba el derribo. En pocos días, donde estuvo la casa, no quedó más que un terreno baldío. Ni vuelo de palomas ni rastro de la acacia. Solo polvo y ausencia.


Crecía hermoso,
pero alguien taló el árbol.
Desolación.






(fotografía: Susana Benet)




miércoles, 13 de abril de 2016

HAIBUN





LAS NUBES

He cerrado el libro y me he puesto a mirar las ramas aún desnudas de la acacia, junto a las otras ya vestidas de hojas nuevas que giran y giran movidas por el viento. Sobre el cielo navegan, muy lentas, enormes nubes blancas, como inmensos veleros rumbo al mar. El gato se despereza sobre un sillón en la terraza, indiferente al parloteo de los periquitos que en su jaula, excitados como niños, saltan de un lado a otro y le hablan a su propia imagen, reflejada en un espejo. Los colores de sus plumas se confunden con el verde y amarillo de las plantas, en este pequeño bosque urbano que ha ido creciendo poco a poco sobre la calle. No importan el día ni la hora. Lo que importa es apresar este instante y retenerlo antes de que se desvanezca como esas nubes que antes se veían compactas y que ahora avanzan rotas.

Llegan y pasan
lentamente las nubes
Fugaz instante.







(fotografía: Susana Benet)


martes, 10 de noviembre de 2015

HAIBUN







UN EXTRAÑO EN AUTOBÚS

Es media tarde y viajo en autobús hacia el centro. El autobús va medio vacío y aunque hay asientos libres, me llama la atención la recia figura de un hombre bien vestido, con traje de buen paño, abrigo largo de perfecta hechura, camisa blanca y corbata, reloj de oro. Destaca su excesiva elegancia, casi provocativa, viajando en un medio de transporte tan corriente. No puedo evitar observarlo desde mi asiento. Viaja de pie, en medio de la plataforma, agarrado a una barra del techo. Sus sólidos zapatos se adhieren al suelo con firmeza mientras su cuerpo oscila en cada curva. Parece capaz de dominar al pesado vehículo que resopla sobre el asfalto. Tanto me sorprende el personaje, entre anacrónico y peripuesto, que escribo unas notas sobre él en mi libreta. Lo hago en taquigrafía. Ese hombre me recuerda a ciertos directores de empresa sufridos en el pasado. Tiene el mismo porte arrogante que no llega a encubrir del todo una vaga tosquedad, algo vulgar en sus rasgos, en las rubicundas mejillas.

De pronto, el hombretón, como un jefe exigente que juzga a su empleada, se acerca y observa mi escritura, para él indescifrable. Exclama: “¡Qué bien toma usted notas!”. Levanto la cabeza y le sonrío un poco intimidada. Él, olvidando su desdeñoso protagonismo, me comenta que ha cogido el autobús porque en coche sería imposible aparcar en el centro. Concretamente junto a la plaza de toros, que es adonde se dirige. En ese instante, resuelvo mentalmente el acertijo: “¡Es un taurino!”. Al llegar a la parada, desciende presuroso  para dirigirse al ruedo, esa otra plataforma donde, identificado con el diestro, ejecutará la sangrienta faena.


El autobús.
Un taurino domina
la plataforma.







(fotografía: Susana Benet)




lunes, 2 de noviembre de 2015

DOS DE NOVIEMBRE







Hoy el día no amanece, sino que se prolonga la noche hasta bien entrada la mañana. Será por eso que los gatos siguen dormidos, sin reclamar su comida, sumidos en un dulce letargo que parecen contagiar a todo cuanto les rodea. La habitación en penumbra también duerme, y los retratos sumergidos en sus marcos, las sábanas arrugadas en un largo desmayo, las cortinas inmóviles como niebla tras la que suena débilmente la lluvia. Todo dormita ensimismado. Ninguna voz perturba este solemne silencio. Ni los pájaros, inmóviles en su jaula, alborotan con su estridente charla. Noviembre se asoma tristón tras los cristales, como si aún guardase luto por los difuntos. Al asomarme a la ventana, los árboles petrificados como enormes estatuas de un verde mausoleo, reposan goteantes. La luz es un turbio velo, una leve catarata que emborrona el paisaje. Tras las hojas de la acacia, casi desnuda, se yergue rígido el ciprés como un dedo severo que apunta al Más Allá, figura fantasmal que nos evoca a aquellos que duermen abismados en la infinita calma.


Dos de noviembre.
Un ciprés solitario
vela tu sueño.






(fotografía: Susana Benet)


miércoles, 19 de agosto de 2015

HAIBUN







VIAJE AL NORTE

Viajando hacia el norte, el sol inunda la ventanilla del tren. De pronto, un túnel. Al salir de la oscuridad, el sol destella en los tiernos arbustos, en las paredes que se alzan a cada lado de la vía. Entramos en la estación de Segovia. Gente sentada en los bancos del andén, viajeros que arrastran sus maletas con prisa. Sobre las rocas, la sombra de un pájaro que desciende y desaparece. Al reanudar la marcha, el verdor de la tierra cubierta por islotes de flores amarillas. Nos internamos en otro túnel apenas un minuto y, de nuevo, suaves colinas que se repiten hacia el horizonte, atravesadas por sendas de tierra casi blanca. Sobre el cielo azul y despejado, una nubecita solitaria, como una ligera pincelada horizontal.

Los bosquecillos de pino irrumpen de repente y pasan deprisa.

Conforme nos vamos aproximando al norte, mis pulmones se ensanchan, respiro mejor, como si me liberase de un peso. Aquí el aire es diáfano, la luz parece más nítida, de la tierra brotan hierbas altas, jugosas.

Cruzamos un río pequeño, en cuyas aguas se reflejan las copas de los árboles que crecen en la orilla. Y, de pronto, en la llanura, una roja extensión de amapolas que parecen seguir nuestro camino.

A lo lejos se elevan las colinas, hasta convertirse en ondulantes montañas sobre las que se agolpan las nubes bajas.

Cerca discurre una carretera por la que avanza un coche solitario.

Las nubes van cubriendo el cielo lentamente. Apenas asoma el azul entre las masas grises. También el verde de los prados se oscurece. El sol que ocultan las nubes, ilumina a lo lejos una ladera.

Sólo un arbusto, cuajado de flores blancas interrumpe la penumbra del paisaje. Abre sus ramas como los rayos de una estrella, pequeña y reluciente entre las sombras del atardecer.

Las montañas están cada vez más cerca, como enormes figuras que invitan al reposo.

Ya se siente la presencia del norte: rosales en pequeños huertos, cenefas de flores claras bajo el color plomizo del cielo.

Comienza a llover y las gotas se deslizan oblicuamente por el cristal de mi ventana.

Anocheciendo,
sólo refleja el charco
las flores blancas.

Llegando a Donostia, la niebla se espesa sobre los montes, al fondo de los valles, en los tupidos bosques que atravesamos. Llueve con fuerza. Al pasar junto a un grupo de casas, una columna de humo se eleva densa entre la bruma que cubre los tejados.

Desde el tren distingo un parque de atracciones en una pequeña población. Las luces estridentes de la feria brillan con fuerza en medio de la oscuridad que se va cerniendo sobre el aire. Cae la noche.

Brillan las luces
del parque de atracciones.
Pueblo en la niebla.





(fotografía: Susana Benet)








miércoles, 13 de marzo de 2013

HAIBUN





FALLAS
La ciudad está tomada por el ruido y los olores a aceite frito y refrito de los puestos callejeros, donde se amontonan bandejas de churros y buñuelos tras humeantes  vitrinas. También está tomada por todos los que vienen a visitar este barullo urbano, donde aparte de fallas, se levantan en las calles unas inmensas carpas que abarrotan el asfalto e inutilizan muchos accesos. Dentro de esos espacios cerrados se reúnen los falleros a comer y beber, a divertirse, mientras sus hijos lanzan petardos a diestra y siniestra por las aceras. No importa que, según el calendario, esta celebración deba durar cuatro días. En cuanto se inicia el mes, empiezan los ruidos y los camiones comienzan a descargar contenedores, urinarios, figuras desmembradas: piernas, cabezas, escenarios, todo lo que formará parte de esta macro-fiesta, de la que muchos huyen, alejándose de la ciudad unos días, mientras que otros nos encerramos en casa la mayor parte del tiempo, porque no entendemos ni compartimos esta forma de diversión chabacana y cargante. Incluso así, no dejamos de oír el petardeo continuo a través de las ventanas, mientras tratamos de leer, dormir,  escuchar música o el sonido del televisor. Hasta los animales domésticos, los más sensibles, andan por la casa acobardados, ocultándose en rincones. Cuando termina la fiesta, hay grandes manchas sobre el suelo, la huella que deja el aparatoso espectáculo: grasa, cenizas, orines, envases, papeleras reventadas, jardines arrasados… Pero así es la fiesta, y hay que estar contento, de lo contrario te acusan de “no ser de aquí”, porque para algunos "ser de aquí" implica disfrutar del caos y el desorden, y confundir celebración con desenfreno.

Valencia en Fallas.
El olor a fritanga
llena las calles.
 
(fotografía: Susana Benet)
 
 
 

miércoles, 28 de diciembre de 2011

HAIBUN




NAVIDAD
Otro día de nubes bajas. El viento le va robando las hojas a la acacia, de la que cuelga una bolsa de plástico hecha jirones.  Ningún pájaro entre las hojas secas. El sonido del tráfico es un murmullo inagotable. Ya están deslucidas las alfombras rojas de los comercios y las luces navideñas que cuelgan sobre la calle, no son más que bombillas apagadas. En el parque desierto, un hombre pasea la sombra gris de un perro. El frío hace apretar el paso a los que cruzan con prisa los semáforos. El mismo frío  se ha colado en la casa. No llegan buenas nuevas, sólo oscuros presentimientos. Se va apagando la tarde en los cristales. Al árbol, cubierto de guirnaldas y adornos relucientes, le falta la estrella.

La gata inmóvil
contempla el fin del día.
Luz congelada.



jueves, 24 de noviembre de 2011

HAIBUN



NOVIEMBRE

En pleno otoño, noviembre es un mes de súbitos contrastes. Una lluvia feroz inundó carreteras y barrancos, dañó cosechas, destrozó casas, arrebató vidas.  La naturaleza mostró su furia, su implacable energía tras el letargo agobiante del verano. Y, de pronto, esta mañana, el día se presenta  apacible, casi primaveral. El verdor de los ficus y las acacias es más intenso. Las flores despliegan sus pétalos en el aire recién lavado. Hasta el ruido del tráfico se parece al lejano zumbido de los insectos.  Pasan ciclistas en mangas de camisa. Brilla el uniforme verde del barrendero, que empuja sin prisa su carro de faena.  La gente se detiene curiosa bajo los toldos de los comercios.  Con perezosa calma,  regresan de la compra con las bolsas repletas. Caminan sin esfuerzo, como si alegres regresaran de una fiesta.  Un niño empuja su pelota hacia el jardín. Sobre el ruido de la calle, se escucha de repente el canto estridente de algún pájaro. En la puerta del bazar todavía se exhiben los centros florales del pasado día de difuntos. Flores destinadas a las tumbas, que siguen adornando los abarrotados escaparates. Flores de plástico que recuerdan, con sus vivos colores, a los muertos. Porque noviembre es un mes en que vida y muerte se confunden, igual que la mañana vibrante y luminosa no tarda en convertirse en lúgubre noche anticipada.

Arde una vela,
más allá una farola.
Detrás, la luna.


miércoles, 31 de agosto de 2011

HAIBUN





FIN DEL VERANO

Me tranquiliza ver el quiosco abierto y a la vecina leyendo en su terraza. Que llame al timbre el técnico del ascensor. Me tranquiliza ver a la gente andando por la calle y entrando en los comercios.

Parece que la vida se reanuda tras la árida pausa del verano. Ese tiempo agobiante y lento en que todo parece aletargado. En que muchas de mis plantas agonizan atacadas por plagas invisibles. En que los gatos sueltan marañas de pelos que cubren los sillones y ruedan por los rincones. En que apesta la basura y aparecen siniestras cucarachas en el baño. En que se suda con sólo pasar un paño por los muebles o usar la plancha diez minutos.

Pero ya acaba ese bochorno, y una brisa nueva agita suavemente las hojas de los árboles. Y las familias, que regresan del veraneo, tienden su ropa en las cuerdas antes desnudas.

Por el patio interior vuelven a oírse voces, llegan olores conocidos…

Me ha entrado hambre.
Por la ventana el guiso
de la vecina.