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lunes, 24 de agosto de 2020

VIAJE A ARANJUEZ

 



VIAJE  A ARANJUEZ  (Septiembre  2018)

Me he levantado con síntomas de resfriado. Pensé que ya estaba curado, pero todavía me resiento de la garganta. Le relato a Gabi mi sueño de anoche y nos preparamos para ir a la estación.

Doy mucha comida a Jack, que disfruta de la abundancia y después se tiende sobre su alfombra en el estudio, adivinando que va a quedarse solo. Con 16 años parece un gato joven. Tiene carita de cachorro y el cuerpo rellenito tras superar sus diarreas que lo habían dejado en los huesos. Tiene el pelo tupido y brillante.

 (Es difícil escribir en el tren, se mueve bastante).

Veo pasar los campos, con sus filas de cultivos, las líneas blancas de los senderos, las montañas azuladas en el horizonte. Necesitaba este viaje (que será breve) tras un verano sin salir de la ciudad, presa del calor y el decaimiento, como mis plantas en la terraza.

Ver el verdor que cubre las colinas, las filas de árboles que dividen las parcelas, los suaves matorrales que visten la tierra ocre, y todo bajo un cielo inmaculado y azul que desaparece al entrar en un túnel, de repente. Y al salir, de nuevo la luz solar del mediodía.

El verano ha sido largo, tedioso. Apenas he escrito nada nuevo.

Ahora atravesamos un embalse de aguas verde azuladas entre colinas cubiertas de pinos. Y más túneles.

Estoy animada, pero sigo arrastrando el lastre del cansancio estival. Ya es otoño, pero ha vuelto el calor, con 32 grados al sol. Es la temperatura que también nos espera en Aranjuez.

 Comienza otoño

bajo un cielo sin nubes.

Calor de agosto.

 ***

Bajo una loma

naranjitos en fila,

recién plantados.

 

Ha sido un verano duro. Fue horrible ver el árbol de mi acera abatido en el suelo, despedazado, con todas sus hojas verdes ya condenadas. En el centro del tronco un hueco oscuro, siniestro como un túnel que lo corroe por dentro. No supieron curarlo, sólo abatirlo. Por si se desplomaba y lastimaba a alguna persona o destrozaba un coche. Algo muy improbable, pues el árbol se sostenía firme. Solamente un par de ramas secas, como estacas afiladas, que nadie vino a podar en años. El resto de ramas, la mayoría, seguía verde, renovándose cada primavera. La ausencia de su sombra ha transformado el paisaje ante mi ventana. Me da tristeza asomarme.

 

Ninguna sombra

protege ya mi puerta.

Árbol ausente.

 

Creo que fue entonces cuando empezó la tristeza a crecer en mi interior, como el anuncio de un tiempo inclemente, de malestares y desencuentros. Y una sorda fatiga ha ido apoderándose de mí progresivamente hasta dejarme tan abatida como el árbol enfermo.

El gato, también enfermo, desde la primavera, o tal vez antes.

Algunas de mis plantas agonizando en sus macetas ante el intenso calor, un calor que ni el toldo extendido ha podido mitigar.


(24-9-18)


(fotografía: Susana Benet)




jueves, 27 de febrero de 2020

VIAJE A MURCIA






VIAJE A MURCIA 

LA TIERRA QUEMADA

Vamos a Alicante para enlazar con un tren a Murcia, porque los horarios del Talgo no nos cuadran. O salen muy temprano o muy tarde. Es el problema de las malas comunicaciones en el Mediterráneo, por donde no circula el AVE.

Además, el Sur me agobia. Hace calor y la tierra está reseca, el paisaje es árido y monótono.

El único aliciente de este viaje es presentar el libro de José luis Parra, Hojarasca, en el Museo Ramón Gaya,  acompañada por el poeta Soren Peñalver. 

El tren se mueve y apenas puedo escribir.

Nadie le afeita
las largas barbas secas
a la palmera.


Secos ribazos
y el fulgor repentino
de unas adelfas.


Viaje al sur.
Sobre la tierra blanca
unos olivos.


Cruzo el secano.
Al fondo del barranco
un hilo de agua.


Llegando a Sax
brilla la avena seca.
Arden las vías.


Este paisaje árido me sobrecoge. Estamos detenidos en Sax. Desde la ventanilla contemplo los guijarros grises entre las vías, tan fúnebres, salpicados de tallos amarillos y quebrados. Sólo un olivo se alza airoso frente al horizonte. De pronto, sobre una peña escarpada, los muros de un castillo, como un vigía atento que otea la llanura. Soledad, silencio.

Reanudamos la marcha. Me siento fatigada, como si yo misma arrastrase el convoy. Como si en realidad no fuese a ninguna parte y se repitiese el paisaje una y otra vez ante mis ojos.


Brusco declive.
Las copas de los pinos
rozan la tierra.


Una casucha.
Un coche de alta gama
ante la puerta.


Fin del viaje.
Llegando a la estación,
un cementerio.



(12-6-2017)


(de: Cuaderno de viajes - Inédito)
(fotografía: Susana Benet)

domingo, 27 de octubre de 2019

VIAJE AL NORTE







VIAJE AL NORTE

Viajando hacia el norte, el sol inunda la ventanilla del tren. De pronto, un túnel. Al salir de la oscuridad, el sol destella en los verdes arbustos, en las paredes que se elevan a cada lado de la vía. Entramos en la estación de Segovia. Gente sentada en los bancos del andén, viajeros que arrastran sus maletas con prisa. Sobre las rocas, la sombra de un pájaro que desciende y desaparece. Al reanudar la marcha, el verdor de la tierra cubierta por islotes de flores amarillas. Nos internamos en otro túnel, apenas un minuto y, de nuevo, suaves colinas que se repiten hacia el horizonte, cruzadas por sendas de tierra casi blanca. Sobre el cielo azul y despejado, una nubecita solitaria, como una ligera pincelada horizontal.

Los bosquecillos de pino irrumpen de repente y pasan deprisa.

Saco mis gafas de sol para hojear un periódico. Por los auriculares escucho una preciosa aria de “La traviata” en la que el tenor recita “Io vivo quasi in ciel” y se me llenan los ojos de lágrimas. Hay músicas que nos invaden como corrientes internas., arrastrando viejas emociones como pétalos perfumados que anegan los sentidos.

Conforme nos vamos aproximando al norte, mis pulmones se ensanchan, respiro mejor, como si me librase de un peso. Aquí el aire es diáfano, la luz parece más nítida, el frescor de la tierra hace crecer la hierba verde y tupida. Curiosamente, la pierna dejó de dolerme desde que llegamos a Madrid. Tampoco siento ninguna presión en el ojo derecho, como la sentí en Valencia antes del viaje.

Esta mañana hemos paseado por Recoletos, rodeados por altos árboles de distintas especies: prunos, cedros, castaños, álamos, incluso olivos que mostraban sus diminutas flores pálidas. Madrid es una ciudad llena de jardines en cada rincón, junto a los museos, en las isletas y rotondas del asfalto. Al mirar a lo lejos se puede contemplar una vasta extensión de copas de distintos verdes, rebosantes de hojas, creciendo libremente, sin que nadie venga a esculpirlas con las tijeras de podar, convirtiéndolas en cursis figuras ornamentales.

Cruzamos un río pequeño, en cuyas aguas se reflejan las copas oscuras de los árboles que crecen en la orilla. Y, de pronto, en la llanura, una roja extensión de amapolas que parecen seguir nuestro camino.

A lo lejos se elevan las colinas, hasta convertirse en ondulantes montañas sobre las que se agolpan las nubes bajas.

Cerca discurre una carretera por la que avanza un coche solitario y, de pronto, el color malva de unos campos en flor (tal vez, espliego).

Las nubes van cubriendo el cielo, densas y oscuras. Apenas asoma el azul entre las masas grises. También el verde de los prados se oscurece. El sol que ocultan las nubes, ilumina a lo lejos una ladera.

Sólo un arbusto blanco, cuajado de flores interrumpe la monotonía del gris que desciende hacia la tierra. Abre sus ramas como los rayos de una estrella, pequeño y solitario entre las sombras del atardecer.

Las montañas están cada vez más cerca, como enormes figuras que invitan al reposo.

Súbitamente aparece un cerro con sus paredes verticales, como si lo hubieran cortado con un hacha. Forma parte de una larga cadena de cerros que descienden por debajo del nivel de las vías, hacia un estrecho valle donde la tierra es roja y se distinguen pequeños tejados cobrizos entre los árboles.

Y, de nuevo, la llanura, bajo la oscura muralla de las nubes.

Cada vez está más presente el norte: rosales en pequeños huertos, cenefas de flores claras bajo el color plomizo del cielo.

Anocheciendo,
sólo refleja el charco
las flores blancas.

Qué bien reposan
mis ojos en la niebla.
Bosques umbríos.

Llegando a Donostia, la niebla se espesa sobre los montes, al fondo de los valles, en los tupidos bosques que atravesamos. Todavía no llueve. Al pasar junto a un grupo de casas, una columna de humo se eleva densa entre la bruma que cubre los tejados.

Es difícil escribir en el tren, pero el paisaje me invita a hacerlo y a contemplarlo continuamente. Esta oscuridad me reconforta, alivia mis ojos que tanto padecen con el sol.

Comienza a llover y las gotas se deslizan oblicuamente por el cristal de mi ventana. El tren pasa junto a un parque de atracciones en una pequeña población. Las luces estridentes de la feria brillan con fuerza en medio de la oscuridad que se va cerniendo sobre el aire.

Brillan las luces
del parque de atracciones.
Pueblo en la niebla.

(2015)



(Fotografía: Susana Benet)



miércoles, 25 de septiembre de 2019

VIAJE A MADRID





VALENCIA-MADRID (20 Abril 1918)

Llegamos a nuestras plazas en el vagón 10 y resultan ser de las que llevan viajeros sentados enfrente, o sea, de cuatro, las que más detesto. Parece que estés sentado en un tresillo (o cuatrisillo) frente a dos desconocidos con quienes no tienes nada que ver ni hablar o que te pueden toser en la cara o ponerse a comer un oloroso bocadillo mientras tratas de no prestar atención a sus mandíbulas.

Pero algo más preocupante sucedía en las correspondientes plazas. Los viajeros del otro lado del pasillo nos advierten, entre divertidos y alarmados, que debajo de uno de los asientos que debemos ocupar hay una cartera marrón de piel (como de negocios), sin que se sepa nada de su propietario. La noticia me alarma, me enfurece. Viajar en compañía de otros dos, cara a cara, y con una cartera sospechosa debajo de mi trasero.

Lamento que G no haya tenido más cuidado al comprar los billetes. Hay que evitar los de mesa compartida. No me gusta la gente y menos tenerla demasiado cerca. Me pasa lo mismo en los bares, en el cine o en el autobús. Cuanto más aislada, mejor me encuentro.

Por fin aparece una azafata fría y uniformada, con la reglamentaria coleta sujeta en la nuca, maquillada y con cara de pocos amigos. En cuanto le hablo del extraño maletín debajo del asiento, hace un aspaviento y gesticula con la mano como si quisiera espantar una mosca. No es asunto de ella, debo hablar con el revisor. Buscamos con la mirada y todos los viajeros con traje oscuro me parecen revisores, pero ninguno es el auténtico.

Me dirijo, decidida, al vagón cafetería, dispuesta a atrapar al revisor y plantearle nuestro problema. “No podemos ocupar un asiento bajo el que hay oculto un maletín anónimo”. Pero en el bar solamente hay clientes devorando bocadillos o pidiendo bebidas. Detrás del mostrador, junto a la camarera, descubro a la azafata con quien hablé anteriormente, con su pelo estirado hacia atrás y su reglamentario pañuelo al cuello. Le pido por señas que se acerque, y lo consigo, pero la respuesta es la misma. Tengo que  hablar con el revisor, lo del maletín no tiene importancia, alguien lo habrá olvidado, pero además, ha debido pasar por el control de acceso, por lo que no puede contener nada peligroso. Lo cual no me tranquiliza en absoluto. ¿Y si alguien lo ha colado por encima de la valla de la estación, clandestinamente? Nuestro vagón está al final del larguísimo andén que prácticamente queda fuera de la estación, muy cerca de unas obras y de una vallita de poca altura, compuesta por barrotes verticales entre los cuales se puede introducir cualquier objeto.

Regreso a nuestro vagón donde G espera pacientemente en pie. Los vecinos del otro lado del pasillo sueltan unas risas y dicen que han avisado a la azafata y que les ha dicho que vendrá alguien a recoger el bulto. Pero el tren avanza, ya lejos de la estación, y nosotros seguimos esperando sin que el necesario revisor venga a revisar nada.

Me aventuro por los vagones por si encuentro dos plazas libres donde instalarnos solos, y encuentro otro conjunto de cuatro donde solamente va sentada una pasajera con aspecto tranquilo. Al menos aquí seremos sólo tres viajeros y no hay ningún objeto perturbador bajo los asientos. Regreso a nuestro vagón inicial para avisar a G y darle la buena noticia, pero al acercarme, los viajeros del otro lado del pasillo exclaman: “¡Ya se lo han llevado!”. Era un hombre con aspecto de oficinista, trajeado, anodino, poca cosa. Se había cambiado de sitio, confesó, y se había olvidado el maletín.

Yo nunca me olvidaría el bolso en un vagón si me trasladase a otro. Y no tardaría como media hora en darme cuenta. ¿Para qué viaja con una cartera que en realidad no le importa? Me pregunto qué contendrá esa cartera marrón de piel, con cierre y hebillas, y qué contendrá el cerebro de ese hombre anodino que viaja con traje y corbata.

Me pregunto si será representante de baratijas y lleva el muestrario en la cartera. O tal vez un abogado con los expedientes de casos criminales, lo cual demuestra que es incapaz de custodiar la información de sus clientes. O todavía más arriesgado, un vendedor de joyería que abandona su valioso material porque se le ha ido la cabeza pendiente de la película mala que emiten en la tele, mientras consulta en su móvil la cotización del oro en bolsa.

Existen tantas posibilidades… ¿un novelista que viaja con su manuscrito? ¿un pedófilo que guarda fotos prohibidas? ¿un traficante de drogas camuflado tras la imagen de un mediocre hombre bajito?

Todo esto me pasa por la cabeza mientras saboreo un delicioso bocadillo de jamón en la cafetería, ante una burbujeante cerveza, mientras contemplo por la ventanilla la interminable llanura salpicada de fugaces olivos, viñas, encinas… Y al dar un bocado al crujiente pan, me viene a la cabeza otra posibilidad. Tal vez la elegante cartera sólo contiene eso, un bocadillo preparado por una esposa hacendosa, envuelto en papel de aluminio y bla, bla, bla… 

Dejo de dar vueltas al asunto y me centro en la visión de las suaves colinas que aparecen y, de pronto, se esfuman bajo un cielo manchado de nubes blancas.


(20-4-2018)

(de: Cuaderno de viajes - Inédito)

(fotografía: Susana Benet)


jueves, 5 de julio de 2018

RELATO







ESPEJISMO DE UNA NOCHE DE VERANO

El calor me impide dormir. Me levanto, camino hacia el otro extremo de la casa. Me asomo a la ventana y observo la noche. En los árboles del parque no se mueve una hoja. En el seto central, bajo una acacia, observo una figura tendida sobre un banco. Parece un hombre, tal vez joven. Lleva una camisa blanca y pantalones oscuros. El blanco de la camisa destaca bajo la pálida luz de las farolas. Todo está en silencio, interrumpido por los escasos coches que avanzan por la avenida, arrastrando la luz de sus faros.

Recién comenzado el verano, el bochorno es intenso. Estamos sufriendo una ola de calor, como dicen en las noticias. Tal vez por eso este hombre ha escogido un banco del parque para conciliar el sueño. Tal vez en su casa la temperatura sea insoportable. O, tal vez, se trate de un vagabundo. Pero su camisa es muy blanca, con un blanco de prenda nueva y cuidada. Parece un hombre joven. Me recuerda a otro hombre que hace años también dormía en ese banco algunas noches. Aquel hombre dormía en el mismo lugar, frente a mis ventanas, esperando a que yo le dejase entrar en casa. Yo lo descubría, como acabo de descubrir a este, cuando me asomaba a la calle, desvelada, y lo sorprendía tendido en el mismo lugar. Yo sabía que estaba ebrio y que necesitaba reponerse durmiendo en el jardín antes de llamar a mi puerta. Y esta figura se parece tanto a aquella que me hace dudar de si será el mismo que ha regresado. Aunque sé que es imposible. Aquel hombre está muerto desde hace años. Mientras que este es simplemente un vecino, o tal vez alguien que va de camino hacia otra parte y se detiene a descansar. Es un extraño.

No puedo distinguir su rostro a la luz de la farola, tampoco cuando los faros de los coches lo iluminan unos segundos al avanzar veloces por la avenida. Es un hombre delgado, de baja estatura, tan parecido a aquel. Pero este parece vivo, a pesar de estar completamente inmóvil sobre las láminas de madera, medio oculto por el tronco de una acacia. Veo su cuerpo dividido por el árbol. A un lado la cabeza, los hombros, el pecho. Al otro, las piernas extendidas, una más flexionada sobre la otra.

Por un instante pienso que es el otro quien regresa, que es simplemente un fantasma creado por mi mente en medio de mi desvelo. Y me recreo en la visión. Imagino que el tiempo no ha transcurrido, que se trata de la misma noche, repetida. Que en cuanto vuelva a la cama, oiré sonar el timbre y me levantaré sobresaltada, protestando por esta visita intempestiva en medio de la noche. Pulsaré para abrir el portal y descenderé por la escalera para ayudarle a subir a trompicones hasta el ascensor, mientras él balbucea unas torpes excusas, palabras incoherentes, impregnando el aire con el humo de la colilla que apenas logra sostener entre sus dedos. Y me plantearé seriamente que es la última vez que le abro la puerta. Que estoy harta.

Después lo dejaré echado en el sofá y volveré a mi cama prometiéndome a mí misma que no volveré a abrirle. Sabiendo que, además, en cuanto me despierte y regrese al salón encontraré el sofá vacío y bien alisado, como si nadie se hubiera tendido sobre él. Preguntándome si la visita fue real o fue soñada. Tan solo el olor rancio del tabaco me confirmará que fue cierto, que él estuvo aquí.

Estuvo aquí tantas noches, noches en las que apenas nos dirigimos la palabra. Y ahora, al mirar esa figura anónima, ese cuerpo tendido bajo el árbol, siento que el otro ha regresado, que siempre ha estado ahí, noche tras noche, mientras yo duermo ignorante. Que cada noche, sea invierno o verano, haga calor o hiele, él sigue durmiendo ante mis ventanas, bajo las ramas inclinadas de la acacia. Y me detengo inmóvil, tras los cristales, de pronto confundida, desorientada, mareada por el intenso calor. Esperando a que, en cualquier momento, vuelva a sonar el timbre y descubra, de pronto, que el banco está vacío.

Verano 2017



miércoles, 20 de julio de 2016

VIAJE A ESCOCIA


EDIMBURGO





He vuelto a Edimburgo al cabo de más de treinta años, pero la ciudad apenas ha cambiado, sigue siendo como la ilustración de un cuento de misterio, con sus frondosos jardines junto a Princes Street coronados por sobrios edificios de torres afiladas, oscurecidos por el humo del tiempo y envueltos por un velo de bruma. Y sobre este paisaje que parece dormitar bajo una lluvia leve, el perfil del castillo como una figura fantasmal venida del pasado. He vuelto a recorrer las sendas entre enormes arbustos de rododendros en flor para ascender al casco antiguo a lo largo del Mound, no sin antes visitar la Scottish National Gallery, un edificio clásico que destaca en medio de la frondosa vegetación, donde he podido admirar obras de pintores universales como Rembrant o Velázquez.






Después, ya en la parte antigua, ascendiendo por Cockburn St, desemboco en High Street, una larga y populosa calle desde la que se divisa, en la distancia, una línea de mar. Allí, ante la catedral de St. Giles, unos recién casados posan junto a un gran número de familiares y amigos. Algunos de los hombres van ataviados con elegantes faldas escocesas. Me detengo a contemplar al singular grupo, frente al cual disparan sus cámaras otros turistas, igual que yo.





He venido a Escocia huyendo del verano en las costas mediterráneas para sumergirme en la frescura de la lluvia y de la vegetación densa, jugosa, acogedora. Aquí, a pesar de ser junio, la temperatura es otoñal y llueve a menudo, con una lluvia tan benigna que apenas moja mis zapatos. También, algunos días, el sol atraviesa la capa de nubes que ensombrece la ciudad. Esta ciudad que parece distinta con la luz solar, algo que la gente aprovecha para abarrotar las terrazas de los bares en Rose St.




Pero Edimburgo me resulta más auténtica y bella en la penumbra, donde parece emerger como el escenario de un mito o de una leyenda. Incluso la estación de ferrocarril, en el fondo casi invisible de los jardines, no rompe la armonía de las suaves lomas verdes y las redondeadas copas de sus árboles. En tiempos pasados, el humo de las locomotoras tiñó de hollín los edificios próximos, pero el verdor del entorno permanece inmaculado.






Hace más de treinta años paseé por aquí como una estudiante extranjera que desea mejorar su inglés, en compañía de compañeros venidos de otros países europeos o de lugares tan lejanos como Japón. Recuerdo a Yoko, la estudiante japonesa de ademanes delicados y perpetua sonrisa, con quien mantuve correspondencia durante algún tiempo. Y tantas otras personas que, como los parajes descubiertos en una ciudad extraña, permanecen grabados en el recuerdo de manera sorprendente.





Sentada en un pequeño quiosco donde sirven fish and chips observo a los pájaros que, libres de amenazas, se aproximan a las mesas en busca de unas migajas. Palomas y gaviotas que rodean mi mesa a prudente distancia y que, de pronto, vuelan ligeras,  en un torbellino de alas de distintos colores, hacia la mano que, generosa, les ofrece comida. Y vuelvo a escuchar el graznido estridente de la gaviota que alerta a las demás, para después regresar  y detenerse discretamente a mis espaldas. He venido hasta este rincón de Europa, mi amado continente, para recobrar aquella sensación de irrealidad que me asaltó hace años, al descubrir el embrujo de una ciudad donde  piedra, vegetación y pájaros conviven en perfecta armonía.




En la ventana del hotel, sobre una amplia repisa, alguien ha colocado macetas con orquídeas en flor de varios tamaños y colores. Al mirar hacia la calle, hacia las fachadas georgianas de Coats Gardens, mis ojos tropiezan con ese jardín interior que me acompaña en los desayunos. El salón está enmoquetado con una mullida alfombra de cuadros escoceses que parece absorber el sonido de las cuberterías. El día de mi regreso me atreví a preguntar sobre las plantas y conocí a la jardinera, una recepcionista del hotel que me habló de las propiedades benéficas de una planta que ella también cultiva: el kalanchoe, con el jugo de la cual su hija se curó de una dolencia pulmonar. Amablemente me ofrece los hijuelos de la planta, unos pequeños vástagos que asoman minúsculos sobre la tierra. Ahora, en casa, los contemplo crecer día a día, como si hubiera trasplantado a mi terraza una ínfima porción de aquel mundo mágico.








(fotografías : Susana Benet)




sábado, 6 de diciembre de 2014

RELATO







EL SR. LOBO

Qué decir del Sr. Lobo. El Sr. Lobo es temible, sobre todo para sus empleados, a quienes mantiene controlados como a un rebaño de corderitos temblorosos. Les basta una mirada suya, para agachar la cabeza y ofrecerle el cuello. Él olisquea el miedo de los débiles y, de vez en cuando, se ensaña con alguno para que sirva de ejemplo a los demás. Desde su escritorio observa quién está activo, quién remolonea, quién intenta conversar con el vecino. Y si esto último sucede, sale de su moderna guarida acristalada y se pasea entre sus empleados con la cabeza alta, el ceño fruncido y las fauces abiertas. Así restaura el orden y el silencio.

Todo es gris en él, desde el paño de su traje impecable y austero, hasta su cabello abundante y erizado como maleza. Un fino bigotito, perfectamente trazado, acentúa el rigor de su boca. Su cuerpo es vigoroso, de hombros anchos y ágiles caderas.
Sólo una vez una empleada novata, ignorante del peligro, entró en su guarida y le llevó la contraria con terca insistencia. Las fauces del Sr. Lobo comenzaron a humear como si el aire se hubiera congelado. Los ojos se le inflamaron como antorchas en la niebla. Se agarró con fuerza a su escritorio y su voz atronó de tal forma que algunos papeles volaron por el aire. La pequeña insensata no se inmutó. Lo miró con extrañeza, como quien asiste a un espectáculo de circo. Desde el exterior, a través de los cristales, el rebaño observaba la escena, despavorido. El Sr. Lobo se contuvo ante la insignificante presa que podría devorar en un instante. Se limitó a señalarle la salida con su garra afilada. Ella se dio la vuelta y salió dignamente.

Todo continúa siendo igual en apariencia. La rutina se ha impuesto nuevamente. Pero el Sr. Lobo no es el mismo, aunque siga mostrándose feroz ante sus empleados que, desde entonces, lo observan con desconfianza e incluso lanzan jocosos comentarios a sus espaldas. Todos recuerdan a la pequeña oveja descarriada. Sobre todo el Sr. Lobo, a quien se le ha encanecido el bigote y el traje comienza a estarle demasiado holgado.




(acuarela: Gabriel Alonso)




sábado, 6 de septiembre de 2014

RELATO


 
 




MI HAL PRIVADO

También en mi cerebro habita un HAL que me confunde. Genera fantasías en los secretos circuitos de mi mente. Me hace sentir como reales sus propias obsesiones. Son historias de terror de las que no puedo escapar. Presencias que amenazan  frías estancias, ascensores que se cierran e impiden la salida. Miradas sospechosas tras ojos inocentes, secretas intenciones que ocultan las palabras. Instantes en que nada parece inofensivo. Temor de subir al tren en un andén equivocado. La inminencia de un desastre tras la aparente calma. Pasos que me persiguen por calles desconocidas. La sospecha de haber dejado la puerta mal cerrada, la llave del gas abierta, un fogón encendido. Este HAL me subyuga, juega conmigo y siempre gana. También en el amor me desorienta  lanzándome a imposibles aventuras. Me aturde con pasiones inventadas, con viejos argumentos de novela. Convierte en seductor al más cretino. Embellece palabras en bocas ignorantes. Tiñe las miradas limpias de malsanas intenciones y transforma en seductora la voz más neutra. No logro controlar a este HAL que me domina, desconectarlo y que no enturbie mi vida con frenéticas ficciones que inventa para mí. Tal vez algún día me sorprenda incitándome a actuar con sensatez, incremente mi dosis de razón y buen sentido, me muestre el mundo sin falsos escenarios de comedia, libre de enigmas y de intrigas. Pero pienso que el mundo entonces será más aburrido. Eso es lo que opina HAL cuando se siente amenazado e inmediatamente activa sus circuitos más tentadores.
 
 
 
 
(imagen: "2001, una odisea del espacio")
 
 
 

lunes, 17 de junio de 2013

JORNADAS CULTURALES SOBRE JAPÓN (ALCÁZAR DE SAN JUAN-2013)




El pasado fin de semana acudí a las Jornadas Culturales sobre Japón que se celebran en Alcázar de San Juan, organizadas por la Escuela de Escritores Alonso Quijano. En ellas ha intervenido, entre otros, el poeta José Corredor-Matheos con una conferencia sobre la cultura de aquel país.
 
He disfrutado de la compañía de los organizadores, sobre todo de la directora de la Escuela, Paloma Mayordomo, mujer emprendedora y siempre dispuesta a trabajar por la cultura.  También he conocido a los componentes del Club de Lectura que dirige el poeta Baudilio Vaquero, una iniciativa que se ha llevado a cabo durante todo el curso 2012-2013 con mucho éxito.
 
A pesar del calor manchego, ha sido un placer estar allí y participar de cerca en estas Jornadas que acercan el país del Sol Naciente a las tierras de La Mancha.
 
Las Jornadas continuarán con  otras actividades, como un recital de música japonesa el día 28. Por si a alguien más le apetece acudir, aquí está el enlace con la información completa:

http://www.culturalaq.com/escuela_escritores/Jornadas_Culturales_Japon.HTML

 
 
 
 
Santiago Ramos, José Corredor-Matheos, el Alcalde de Alcázar de San Juan y Paloma Mayordomo.
 
 
 
Con Corredor-Matheos, poeta a quien admiro y con quien aprendí mucho en sus Talleres de poesía, impartidos en la Escuela Alonso Quijano.

 
 


martes, 27 de noviembre de 2012

PRESENTACIÓN





El pasado día 22 presenté en Albacete "Huellas de escarabajo". Allí, entre tantos amigos del haiku, me sentí muy bien acompañada. Hicimos la presentación en la Librería Popular, y a mi lado estuvieron Toñi Sánchez y Elías Rovira, dos magníficos haijines y atentos anfitriones. También acudieron muchos miembros de AGHA (Asociación de la Gente del Haiku de Albacete), cada vez más numerosos, ya que esta ciudad se está conviertiendo en una segunda patria del haiku. Desde aquí quiero dar las gracias a todos ellos, los que estuvieron presentes y los que solo pudieron acudir a última hora, pero tuvieron el detalle de aparecer para unirse al grupo.


 
 


Tantos haijines...
El aire de Albacete
invita al haiku.
 
 
(fotografía: Gabriel Alonso)
 
 
 
 

viernes, 3 de agosto de 2012

RELATO




EL REFUGIO
Me he escapado del trabajo. Pasarán y verán mi mesa vacía, pero no se preguntarán por qué. Hace tiempo que no existo en esa fría oficina. Me han hecho desaparecer como por arte de magia. Su estrategia: ignorarme. Me han hecho tan prescindible como esos viejos archivadores que apilan en un rincón hasta que llegue el momento de hacer limpieza. Como esos grises armarios que recorren las paredes, tan presentes que nadie los ve. No importa si permanezco o no ante mi escritorio, esa esquina que evitan cuidadosamente, ese espacio donde nunca depositan un papel. Les gusta ver la superficie limpia, silenciosa, despejada.
Por eso me refugio en el jardín. Este lugar donde el silencio está lleno de vida: las ramas de los árboles, que el viento hace sonar en suaves ráfagas, la hojarasca que cruje bajo los pasos. Los pájaros que cantan y se responden. El agua que resbala por el musgo de la pequeña cascada, con su fluir sonoro. Los gatos que rozan suavemente los setos, en su vagar tranquilo.
Es mediodía y el sol, desde lo alto, ilumina el estanque, donde breves bandadas de peces rojos se mueven veloces en busca de comida. Brotan juncos del agua, bajo una bóveda de pinos centenarios. Más allá florecen los rosales y su perfume envuelve cálidamente el aire.
Aquí soy bienvenida. Aquí siento que existo, rodeada de colores y  de cantos distintos.  Estoy sentada en un banco de un jardín y me acaricia la brisa. Formo parte de esta secreta armonía. Ningún reloj. Sólo luces y sombras que van marcando el tiempo.

Ante mi escritorio, bajo bombillas halógenas, se sienta mi fantasma.

Agosto,  2012

(Acuarela: "Homenaje a Hirosigue" - Susana Benet)